Reseñas Ovidio Pineda Reseñas Ovidio Pineda

Cuando decir que Jesús es el único camino empieza a parecernos demasiado duro

Una reseña de Jesús, el único camino al Padre, de John Piper, y una reflexión sobre la pérdida de valentía de una iglesia que muchas veces sigue confesando la exclusividad de Cristo, pero ya no siempre sabe sostenerla frente a una cultura que la considera ofensiva.

Hoy te traigo la reseña de un libro que, para serte honesto, durante años estuvo en mi biblioteca virtual de PDFs. Siempre lo tuve ahí, al alcance de la mano, y por alguna extraña razón nunca me había detenido a leerlo. Fue hasta hace unos meses, mientras buscaba libros que tocaran con seriedad el tema del evangelismo, que me reencontré con él: Jesús, el único camino al Padre, de John Piper. Y tengo que decirlo así de claro: no sé por qué tardé tanto en leerlo. Es un libro necesario, incómodo en el mejor sentido y profundamente oportuno para el tiempo que nos ha tocado vivir. En este artículo quiero contarte por qué creo que tú también deberías leerlo. 

No porque esté diciendo algo nuevo, sino porque obliga a mirar de frente una cobardía cada vez más refinada: la de una iglesia que todavía usa vocabulario ortodoxo, pero que ya no siempre sabe cargar con el escándalo de aquello que dice creer. Y una de las razones por las que este libro me pareció tan necesario es que no entra al tema como si se tratara de una discusión fría sobre religiones comparadas. Piper entra con urgencia pastoral. Desde el principio deja claro que le preocupa ver cómo la iglesia ha ido perdiendo valentía y celo para sostener que Jesús es el único camino de salvación en un mundo que no solo rechaza esa idea, sino que la considera arrogante y hasta ofensiva. 

Cuando el problema deja de ser doctrinal y se vuelve de temperamento

Una de las cosas más agudas del libro es que Piper no trata este asunto solamente como una controversia doctrinal. Él ve algo más profundo. Ve un cambio de clima. Ve una iglesia que ha empezado a administrar la verdad con el pulso del mercado y con la fragilidad emocional de la cultura. Por eso habla de un temperamento “comercializado” y “sicologizado”: una manera de pensar en la que ya no basta preguntarse qué dice la Escritura, sino también qué tanto incomoda lo que dice. Y cuando el mensaje empieza a medirse por la reacción del consumidor, la tentación inevitable es suavizarlo, esconderlo o redefinirlo. 

Ahí es donde este tema deja de ser una mera discusión sobre pluralismo religioso y se vuelve una pregunta sobre el corazón de la iglesia. Porque no siempre callamos por falta de argumentos. A veces callamos porque ya empezamos a sentir vergüenza de una verdad que el Nuevo Testamento jamás trató como vergonzosa. Y si el mundo considera ofensivo que Cristo sea el único Salvador, el problema no se resuelve recortando el evangelio hasta que deje de incomodar. El problema es aprender de nuevo a llamar fidelidad a lo que el mundo llama dureza.

La trampa de llamar amor a lo que en realidad es miedo

Aquí el libro aprieta más. Porque Piper no permite que el silencio se disfrace tan fácilmente de compasión. Señala que una de las grandes trampas de nuestro tiempo es haber redefinido el amor como la capacidad de no herir la sensibilidad de nadie. Bajo esa lógica, la verdad deja de ser amorosa si produce fricción, y el cristiano termina sintiéndose culpable no por callar a Cristo, sino por anunciarlo con demasiada claridad. Pero si el prójimo necesita oír el evangelio para ser salvo, entonces callarlo para no parecer arrogantes no es amor; es temor al hombre con lenguaje más elegante. Piper incluso lo plantea en esos términos: cuando la necesidad universal de creer en Jesús se abandona, lo que está en riesgo no es una preferencia teológica menor, sino la autoridad de la Biblia, el amor genuino, la salvación de las personas, la fortaleza de los misioneros, nuestras propias almas y, en último término, la gloria de Cristo. 

Eso me parece decisivo, porque obliga a cambiar la pregunta. Ya no es solo: “¿Cómo sonará esto ante una cultura pluralista?”. La pregunta pasa a ser otra: “¿Qué clase de amor es este, si por no incomodar a alguien lo dejamos sin la única noticia que puede salvarlo?”. Y ahí el problema ya no es retórico. Es espiritual.

Cornelio no prueba que el evangelio sea opcional

En este punto, el caso de Cornelio se vuelve central. Y Piper tiene razón en no permitir que Hechos 10 sea usado como atajo para sostener que la sinceridad religiosa basta por sí sola. Cornelio era piadoso, temeroso de Dios, generoso y perseverante en la oración. Humanamente hablando, parecía estar más cerca del reino que muchos otros. Sin embargo, el punto de Lucas no es que Cornelio ya era salvo y que Pedro vino solo a completar información religiosa. Todo lo contrario. La frase clave es la que el mismo texto destaca: Pedro le hablaría “palabras por las cuales serás salvo”. Piper insiste en que Cornelio no representa a la persona salva sin evangelio, sino a la persona que Dios, en su misericordia, prepara providencialmente para llevarla hasta el evangelio. 

Eso corrige un error muy común. La sinceridad no es la base de la salvación. La buena conducta no sustituye a Cristo. La búsqueda religiosa no regenera al pecador. Lo que sucede con Cornelio es más hermoso y más exigente que eso: Dios oye su oración, acepta su búsqueda a tientas y, precisamente por eso, le envía lo que realmente necesita. No lo deja donde está. No le dice que su devoción ya basta. Le manda a un mensajero con el nombre que salva. Y por eso, después, la iglesia en Jerusalén concluye que Dios ha dado también a los gentiles arrepentimiento para vida. No llegaron a esa conclusión por la moralidad previa de Cornelio, sino porque oyó el evangelio, creyó y recibió el Espíritu Santo.

Si hay que oír para creer, el mensajero no es negociable

Aquí es donde el argumento del libro recupera toda su urgencia misionera. Pablo lo plantea con una secuencia que la iglesia conoce bien, pero que quizá ya no siempre siente con la misma fuerza: no se puede invocar a aquel en quien no se ha creído; no se puede creer en aquel de quien no se ha oído; y no se puede oír sin quien predique. Piper toma esa lógica de Romanos 10 y la enlaza con las palabras de Jesús acerca de sus ovejas: ellas oyen su voz, sí, pero la oyen a través de la palabra de sus mensajeros. Incluso las “otras ovejas” de Juan 10 escucharían la voz del Pastor por medio del testimonio apostólico. 

Ese punto es demasiado importante para dejarlo pasar rápido. Porque significa que la misión no es un accesorio del cristianismo ni una tarea opcional para creyentes especialmente entusiastas. Si la fe viene por oír a Cristo, y si Cristo ha determinado hablar por medio del anuncio del evangelio, entonces el mensajero no es negociable. Dios salva, sí, pero ha querido salvar a través de la proclamación de Su Hijo. Y eso les devuelve dignidad a las misiones y, al mismo tiempo, nos quita cualquier refugio cómodo para el silencio.

Lo que se pierde cuando Cristo deja de ser el centro consciente de la fe

Quizá una de las cosas más penetrantes del libro es que Piper no presenta la exclusividad de Cristo como una pieza áspera de la doctrina que simplemente hay que tolerar por fidelidad. La presenta como parte de la gloria misma del evangelio. Dice, en esencia, que desde la venida de Cristo la voluntad de Dios es glorificar a Su Hijo haciéndolo el centro consciente de la fe salvadora. Por eso insiste en que no basta con hablar de una salvación posible gracias a Jesús si ese Jesús nunca llega a ser conocido, anunciado y creído. El punto no es solo que Cristo salva, sino que Dios quiso que su Hijo fuera honrado como el objeto consciente de la fe. 

Eso cambia bastante la manera de pensar este tema. Porque ya no estamos discutiendo solamente una línea doctrinal, sino el lugar que el Padre ha determinado darle al Hijo en la economía de la salvación. Cuando Cristo deja de ser el objeto consciente de la fe, no solo se altera la misión; también se reduce la gloria que Dios quiso darle. Y por eso Hechos 4:12 sigue sonando con esa contundencia imposible de suavizar: no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos. La exclusividad de Cristo no es una rudeza evangélica que deba ser disculpada. Es una verdad que protege la gloria del Hijo y la urgencia del evangelio.

Reflexión final

Leer a Piper en este tema no me dejó con la sensación de haber encontrado una idea nueva, sino con la impresión más incómoda de haberme topado otra vez con una verdad vieja que la iglesia contemporánea preferiría administrar con menos filo.

No porque haya dejado de creerla del todo.
Sino porque muchas veces ya no quiere cargar con el precio de decirla.

Y ese precio no es pequeño. Significa sonar extraños en una cultura que convirtió la inclusión en dogma moral. Significa correr el riesgo de parecer rígidos, anticuados o poco sensibles. Significa aceptar que el evangelio no puede anunciarse fielmente sin rozar los ídolos del tiempo presente. Pero también significa recordar que la tarea de la iglesia nunca fue volver a Cristo aceptable para el mundo, sino anunciarlo con fidelidad para que los suyos oigan Su voz y vivan.

Al final, el problema no es que el mundo encuentre ofensiva la exclusividad de Cristo. Eso era de esperarse. El problema serio aparece cuando la iglesia empieza a encontrarla demasiado costosa para sostenerla con claridad. Ahí ya no estamos ante una dificultad cultural. Estamos ante una crisis de convicción.

Y quizá por eso este libro sigue siendo tan oportuno. Porque nos obliga a preguntarnos si todavía creemos, con toda la seriedad que merece, que en ningún otro hay salvación. Y si la respuesta es sí, entonces anunciar a Cristo no puede seguir siendo para nosotros una pieza secundaria del ministerio, ni una verdad que solo repetimos mientras no nos traiga problemas. Tiene que volver a ser lo que fue para la iglesia apostólica: una convicción que ordena la misión, define el amor y nos da el valor de hablar, aunque el mundo no quiera escuchar.

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