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Cuando el evangelismo deja de descansar en nosotros: una reseña de El evangelismo y la soberanía de Dios, de J. I. Packer

J. I. Packer muestra que la soberanía de Dios no enfría el evangelismo, sino que lo sostiene. Una reseña y reflexión sobre misión, oración, fidelidad y dependencia de Dios.

Hay discusiones que se vuelven eternas en la vida de la iglesia. Una de ellas es esta: si Dios es soberano en la salvación, ¿qué sentido tiene evangelizar? Y la otra cara de la moneda no es menos común: si debemos evangelizar con urgencia, ¿no termina eso empujándonos a pensar que todo depende de nosotros?

J. I. Packer entra en esa tensión sin rodeos. Y eso es precisamente lo que hace tan valioso este libro. El evangelismo y la soberanía de Dios no fue escrito como un manual de estrategias, ni como una receta de técnicas, ni como una defensa de modas evangelísticas. Desde el principio, Packer deja claro que su propósito es otro: pensar bíblica y teológicamente la relación entre la soberanía de Dios, la responsabilidad del hombre y el deber evangelístico del cristiano.

Eso ya coloca el libro en un lugar distinto. No estamos ante un texto que intenta impresionarnos con novedades, sino ante uno que quiere corregir la forma en que pensamos y, al mismo tiempo, la forma en que servimos. Porque, en el fondo, Packer no solo está lidiando con una discusión doctrinal. También está confrontando dos errores muy comunes: la pereza disfrazada de teología y la ansiedad disfrazada de celo.

Cuando la Biblia no nos deja escoger una sola verdad

Una de las partes más fuertes del libro aparece cuando Packer habla de la antinomia. La palabra puede sonar técnica, pero el punto es claro. Hay verdades que la Escritura afirma con total autoridad, aunque nuestra mente no sepa acomodarlas del todo. Dios es soberano. El hombre es responsable. La Biblia enseña ambas cosas. Y el problema comienza cuando nosotros queremos eliminar una para que la otra nos resulte más fácil de entender.

Packer no cae en ese juego. No intenta rebajar una verdad para salvar la otra. Más bien insiste en que ambas deben creerse juntas, porque ambas vienen con la misma autoridad bíblica. Dios reina. El hombre responde. Dios gobierna. El hombre es responsable. Y aunque nuestra mente finita tropiece con esa tensión, la Escritura no nos da permiso para poner una verdad contra la otra.

Y ahí el libro me pareció especialmente honesto. Porque muchas veces no nos incomoda el misterio por amor a la claridad, sino por orgullo. Queremos un Dios que encaje por completo dentro de nuestro sistema. Queremos una teología donde todo cierre sin dejarnos ninguna incomodidad. Pero hay momentos en que la fidelidad bíblica exige algo más humilde: aceptar lo que Dios ha dicho, aunque no podamos reducirlo a una fórmula cómoda.

Lo que nuestras rodillas ya saben

Donde el libro deja de ser solo una reflexión doctrinal y se vuelve una palabra profundamente pastoral es en su tratamiento de la oración. Aquí Packer toca un punto tan sencillo como contundente: muchos discuten contra la soberanía de Dios con la boca, pero la reconocen cuando se arrodillan.

Cuando un creyente ora por la conversión de un hijo, de un amigo, de una esposa o de una persona endurecida, lo que está admitiendo es que solo Dios puede abrir los ojos, inclinar el corazón y traer al pecador a Cristo. Y cuando agradece por su propia salvación, ninguno da gracias como si Dios hubiera puesto una parte y el resto hubiera sido mérito personal.

Ese punto me pareció especialmente certero porque le baja el volumen a la polémica y le devuelve peso a la piedad. En otras palabras: la verdadera doctrina no solo organiza ideas; también humilla al hombre delante de Dios. Y eso, en tiempos donde a veces se discute la teología como si fuera una competencia, es un recordatorio muy necesario.

Evangelizar no es fabricar conversiones

Otro de los grandes aportes del libro está en la forma en que Packer define el evangelismo. Y aquí, sinceramente, hay una corrección que sigue siendo urgente. Packer rechaza la idea de definir el evangelismo por sus resultados visibles. No niega que deseemos fruto. No niega que anhelemos conversiones. No niega que el evangelista quiera ver personas venir a Cristo. Lo que niega es que el éxito del evangelismo deba medirse por cifras, respuestas inmediatas o estadísticas.

Esa diferencia cambia muchísimo. Cambia la presión. Cambia el tono. Cambian los métodos. Y cambia también la manera de evaluar el ministerio. Porque cuando el evangelismo se define por resultados, la tentación inevitable es manipular. Si lo importante es producir decisiones, entonces poco a poco el mensaje empieza a doblarse para volverse más atractivo, más rápido, más vendible. Pero cuando el centro vuelve a ser la fidelidad, el evangelista recuerda que no es dueño del mensaje, sino mensajero.

Packer, en el fondo, nos devuelve a una verdad muy sana: no somos llamados a convertir personas por la fuerza de nuestra elocuencia, sino a anunciar fielmente a Cristo. Y eso libera. Libera del orgullo, pero también de la desesperación.

La soberanía de Dios no enfría la misión; la sostiene

Tal vez una de las cosas más valiosas de esta lectura es que devuelve al creyente a un lugar más sano. Si todo dependiera de nosotros, el evangelismo sería insoportable. Cada conversación cargaría un peso imposible. Cada rechazo se sentiría como una derrota definitiva. Cada silencio nos haría pensar que fallamos por no haber tenido la frase correcta.

Pero si Dios es realmente soberano, entonces el evangelismo deja de ser un ejercicio de ansiedad y vuelve a ser un acto de obediencia, amor y confianza. Y eso no nos vuelve pasivos. Packer es muy claro en esto: la soberanía de Dios no es excusa para la pereza espiritual ni refugio para la cobardía. Dios salva, sí, pero ha querido hacerlo mediante la proclamación del evangelio.

Aquí está, me parece, una de las mayores fortalezas del libro: no permite que nos escondamos en ninguno de los dos extremos. No permite ni el activismo desesperado ni la inercia religiosa. Nos obliga a caminar por una senda más bíblica y más humilde: predicar con claridad, orar con dependencia, perseverar con paciencia y dejar los resultados en las manos de Dios.

Un libro que limpia el corazón del evangelista

A estas alturas, uno entiende que el aporte de este libro no es ofrecer una novedad. Es algo mejor. Es devolvernos a una cordura espiritual que con facilidad perdemos. Packer nos recuerda que el evangelismo no necesita menos doctrina, sino doctrina bien entendida. No necesita menos urgencia, sino una urgencia limpiada del orgullo humano. No necesita menos esfuerzo, sino un esfuerzo sostenido por la convicción de que Dios sigue salvando pecadores.

Y esa limpieza hace mucho bien. Porque pone al evangelista en su lugar correcto. No como salvador, sino como siervo. No como productor de resultados, sino como testigo fiel. No como estratega obsesionado con el control, sino como hombre que anuncia a Cristo y depende del Espíritu Santo.

Reflexión final

Leer El evangelismo y la soberanía de Dios no me dejó con la sensación de haber encontrado una técnica mejor. Me dejó con algo más útil: me recordó que yo no soy el salvador de nadie.

Y eso, lejos de enfriar la misión, la limpia.

La limpia del orgullo de pensar que todo depende de mi capacidad, del miedo de creer que cada conversación descansa sobre mis hombros, del pragmatismo que convierte el evangelio en una herramienta de presión. Y la limpia también de esa falsa humildad que usa la soberanía de Dios como excusa para no hablar.

Packer me hizo recordar algo que nunca deberíamos perder de vista: el evangelio se proclama con seriedad porque Dios manda hacerlo, y se proclama con esperanza porque Dios sigue salvando.

Por eso, al final, el evangelismo no descansa en nuestra elocuencia, ni en nuestros métodos, ni en nuestra habilidad para producir una respuesta. Descansa en el Dios que abre ojos, despierta corazones y honra la proclamación fiel de Su Hijo.

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Crucificado por mí: 5 verdades que vuelven a poner la cruz en el centro

Una reflexión a partir del libro ¡Crucificado por mí! de Paul Tucker sobre cinco verdades que emergen de las palabras de Cristo en la cruz: perdón, gracia, dolor, pecado y redención consumada.

No todos los libros sobre la cruz logran detenernos de verdad. Algunos explican ideas importantes. Otros presentan buena información doctrinal. Pero de vez en cuando aparece uno que nos obliga a bajar el ritmo, guardar silencio y volver a mirar el Calvario con más atención.

Eso me pasó al leer ¡Crucificado por mí! Las últimas palabras de Cristo en la Cruz, de Paul Tucker. Es un libro breve, sencillo en su forma, pero profundamente enfocado en lo esencial. Su fuerza no está en complicar el mensaje, sino en llevarnos otra vez a las palabras que Jesús pronunció mientras moría, y desde allí recordarnos que la cruz no es un adorno del cristianismo, sino su centro.

Vivimos en tiempos en los que incluso dentro del mundo cristiano es posible hablar de muchas cosas y dejar la cruz al fondo. Hablamos de liderazgo, de estrategias, de crecimiento, de cultura, de salud emocional, de apologética y de muchos otros temas que tienen su lugar. Pero cuando la cruz deja de ocupar el centro, todo lo demás empieza a perder proporción.

Este libro nos obliga a regresar allí. A ese momento santo, doloroso y glorioso donde Cristo, clavado en el madero, no habló como un derrotado, sino como el Redentor que estaba llevando hasta el final la obra que el Padre le había encomendado. Y al recorrer esas palabras, hay por lo menos cinco verdades que vuelven a sacudir el alma.

1. La cruz nos enseña que el perdón no es debilidad, sino gloria moral

Una de las primeras cosas que golpea el corazón al contemplar las palabras de Jesús en la cruz es que, en medio del dolor, no respondió con maldición, sino con intercesión. Mientras era humillado, herido y expuesto públicamente, oró: “Padre, perdónalos”. Y esa escena adquiere todavía más fuerza cuando entendemos que no parece haber sido una sola oración aislada, sino una súplica que continuaba brotando en medio del sufrimiento.

Eso confronta directamente nuestra condición. Nosotros tendemos a justificar el resentimiento cuando hemos sido heridos. Nos parece razonable endurecernos, guardar distancia, levantar defensas y alimentar agravios. A veces hasta disfrazamos el rencor de prudencia o de dignidad herida. Pero Cristo, en la hora más cruel de su pasión, mostró otra cosa. Mostró que el perdón verdadero no nace de la comodidad, sino de una altura moral que el corazón humano no produce por sí solo.

La cruz nos recuerda que el perdón cristiano no es pasividad moral ni indiferencia frente al mal. Es una expresión de la santidad y del amor de Dios obrando en medio de un mundo que merece juicio. Y si Cristo pudo orar así en medio del Calvario, entonces nadie que diga seguirle puede tratar el rencor como si fuera una pequeña licencia del corazón para no perdonar.

2. La cruz destruye para siempre la idea de que alguien se salva por méritos

Pocas escenas humillan tanto el orgullo humano como la del ladrón arrepentido. Al lado de Jesús no había un hombre ejemplar, ni alguien con tiempo para rehacer su historia, ni una persona con méritos acumulados. Había un pecador moribundo, sin obras que presentar, sin rituales que completar y sin posibilidad de corregir externamente su vida. Y aun así, recibió una de las promesas más gloriosas del Evangelio: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Esa escena derriba toda ilusión religiosa. Aquel hombre no podía rehacer su reputación, no podía bautizarse, no podía compensar sus pecados con una nueva trayectoria moral y no podía demostrar nada. Solo podía reconocer su culpa y arrojarse sobre la misericordia de Cristo. Y eso fue suficiente, no porque hubiera algo valioso en sus méritos, sino porque la salvación nunca ha dependido del mérito humano, sino de la gracia soberana de Dios.

Eso destruye muchas ilusiones religiosas que todavía siguen vivas. Porque aún hoy hay quienes, aunque no lo digan abiertamente, viven como si la aceptación delante de Dios dependiera en parte de su conducta, de su disciplina espiritual, de su cercanía a la iglesia o de cierta respetabilidad moral. Pero la cruz no deja espacio para esa fantasía. El primer hombre que recibió la promesa explícita del paraíso no fue un modelo de virtud, sino un pecador quebrado que se aferró a Cristo en el último tramo de su vida.

Y eso no minimiza la santidad de Dios. Al contrario, la exalta. Porque la gracia no significa que Dios ignore el pecado. Significa que Dios proveyó en Cristo lo que el pecador jamás podría producir por sí mismo.

3. La cruz muestra que nuestro Señor no es ajeno al dolor humano

Entre las palabras pronunciadas desde el madero, hay una que parece breve, casi sencilla, pero está cargada de profundidad: “Tengo sed”. A primera vista, puede parecer una frase menor dentro del drama de la crucifixión. Pero en realidad nos recuerda algo esencial: Jesús no sufrió de manera simbólica ni aparente. Sufrió de verdad.

Ese clamor revela la humanidad real de Cristo. No estamos viendo a alguien distante del sufrimiento físico, sino al Hijo de Dios encarnado experimentando la debilidad humana en toda su crudeza. Sed real. Agotamiento real. Dolor real.

Eso importa profundamente porque uno de los pensamientos más comunes en medio del sufrimiento es este: nadie entiende realmente lo que estoy cargando. Y en el plano humano muchas veces hay algo de verdad en eso. Pero el creyente no mira solo a los hombres. Mira a Cristo.

Nuestro Señor no nos salva desde la distancia. No nos observa desde una altura fría, indiferente y ajena. El Evangelio nos presenta a un Salvador que entró en la experiencia humana, conoció el rechazo, la fatiga, la tristeza, la angustia y el dolor físico. El que dijo “Tengo sed” es el mismo que sostiene hoy a su pueblo cuando atraviesa enfermedad, cansancio, duelo o noches de profunda aflicción.

La cruz no solo resuelve nuestra culpa. También dignifica nuestro dolor al mostrarnos que el Hijo de Dios no consideró indigno entrar en nuestro sufrimiento para rescatarnos.

4. La cruz revela la gravedad real del pecado

Quizá una de las palabras más sobrecogedoras de Jesús en la cruz es aquel clamor: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”. Allí nos acercamos a uno de los momentos más solemnes y difíciles de contemplar en toda la pasión de Cristo. No estamos frente a una simple expresión emocional intensa, sino ante el misterio terrible del Sustituto cargando el peso del pecado y soportando el juicio que la culpa merecía.

Ese abandono no debe entenderse como una simple imagen poética, sino como una expresión profundamente ligada al corazón de la redención: Cristo ocupando el lugar del pecador y atravesando la oscuridad que nosotros merecíamos.

La cruz, entonces, arranca todas las máscaras con las que el ser humano intenta suavizar su pecado. Porque mientras nuestra cultura suele llamar fragilidad a lo que Dios llama rebelión, error a lo que Dios llama culpa, o proceso a lo que Dios llama transgresión, la cruz sigue declarando que el pecado no es un problema superficial. Es una ofensa real contra un Dios santo.

Si para salvar al pecador fue necesario que el Hijo eterno atravesara semejante abandono judicial, entonces el pecado no puede tratarse livianamente. No puede banalizarse desde el púlpito. No puede maquillarse para hacerlo más aceptable ante la sensibilidad moderna. No puede reducirse a un desajuste emocional o a una imperfección inevitable.

Y sin embargo, ese clamor no solo nos habla de la gravedad del pecado. También nos habla de la magnitud del amor. Porque Cristo no fue llevado allí por su culpa, sino por la nuestra. No sufrió como víctima de un accidente histórico, sino como sustituto. No murió solo para inspirarnos, sino para redimirnos.

5. La cruz proclama que la obra fue terminada de verdad

Hay una diferencia inmensa entre una religión que deja al hombre intentando completar su salvación y el Evangelio que anuncia una obra terminada en Cristo. Por eso “Consumado es” no debe leerse como un suspiro de agotamiento, sino como un grito de victoria. Esa palabra lleva el peso de una obra terminada, de una deuda saldada por completo, y apunta a la suficiencia total del sacrificio de Cristo.

Aquí descansa una de las glorias más grandes de la fe cristiana. El creyente no vive intentando añadir algo al sacrificio de Cristo. No vive negociando su acceso a Dios. No vive esperando que, después de suficientes esfuerzos, tal vez llegue a ser aceptable. Vive descansando en una obra objetiva, suficiente y perfecta.

Eso no produce liviandad espiritual. Produce adoración. Produce humildad. Produce obediencia nacida de la gratitud. Porque cuando uno entiende que Cristo no dejó la obra a medio hacer, también se termina la arrogancia religiosa que quiere presentarle a Dios algún supuesto mérito propio.

La cruz no anuncia un camino de auto-redención. Anuncia que el Hijo de Dios hizo lo que nadie más podía hacer.

Reflexión final

Al terminar esta lectura, me queda una impresión muy clara: la cruz no fue un episodio más dentro de la historia de Jesús. Fue el centro de su misión y debe seguir siendo el centro de nuestra fe.

No necesitamos alejarnos de la cruz en busca de algo supuestamente más profundo. No hay nada más profundo que esto. No hay nada más santo, más humillante para el orgullo humano y más esperanzador para el pecador que contemplar a Cristo crucificado.

Allí aprendemos que el perdón es real, que la gracia es inmerecida, que Dios no es ajeno al dolor y que el pecado es mucho más grave de lo que solemos admitir. Y allí descansamos, porque la obra que nos da vida no quedó pendiente.

Volver a la cruz no es regresar a un tema básico. Es regresar al corazón mismo del Evangelio.

Si alguien quiere entender el cristianismo, entender su pecado y entender el amor de Dios, debe mirar allí. Y si alguien está cansado de cargar culpas, esfuerzos inútiles, religión vacía o heridas profundas, también debe mirar allí.

Porque todavía hoy, la cruz de Cristo sigue diciendo lo mismo: hay perdón para el culpable, gracia para el indigno, esperanza para el quebrantado y descanso para el que viene a Jesús con las manos vacías.

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Esperanza en medio de la crisis: una lectura que me recordó dónde descansa la verdadera esperanza

Leer Esperanza en medio de la crisis me recordó que la verdadera esperanza cristiana no nace al negar el dolor, sino al contemplar a Dios en medio de él. En esta reseña comparto cómo esta lectura impactó mi vida y por qué considero que es un libro valioso para enfrentar el sufrimiento con una visión bíblica.

Leer Esperanza en medio de la crisis no fue para mí un simple ejercicio de lectura teológica. Fue una experiencia que me hizo detenerme, pensar y volver a mirar con más profundidad la manera en que los creyentes enfrentamos el dolor, la pérdida y la aflicción. A lo largo del libro, Stevan Henning insiste en temas como la certeza de la aflicción, la contemplación de Dios, el autoexamen, el acompañamiento al que sufre y la esperanza final en Cristo. Y precisamente por eso, esta no me pareció una lectura liviana, sino una de esas que obligan al corazón a sentarse frente a verdades que necesita recordar. 

Un libro que no maquilla el sufrimiento

Una de las primeras cosas que me impactó de este libro es que no intenta endulzar la realidad del sufrimiento. No habla de la crisis como si fuera una rareza extraña en la vida cristiana, ni como si fuera un tropiezo absurdo dentro del plan de Dios. Al contrario, la presenta como una realidad que tarde o temprano toca la puerta, y frente a la cual el creyente necesita mucho más que frases motivacionales. Necesita verdad.

Eso me pareció muy valioso, porque vivimos rodeados de una espiritualidad superficial que muchas veces quiere hablar de victoria sin pasar por el valle, de esperanza sin lágrimas y de fe sin batalla. Pero este libro va por otro camino. No niega el dolor. No finge que la herida no duele. Más bien, enseña a mirar la aflicción con sobriedad, con reverencia y con una visión más bíblica del sufrimiento.

Cuando la doctrina deja de ser adorno y se vuelve ancla

Si algo me dejó esta lectura, fue el recordatorio de que la doctrina no está para decorar sermones ni para llenar conversaciones teológicas. La doctrina sostiene el alma cuando nuestra vida es sacudida. Uno puede hablar bien de la soberanía de Dios, de su providencia, de su fidelidad y de su gracia; pero otra cosa muy distinta es necesitar esas verdades para no venirse abajo por dentro.

Henning plantea que Dios nunca deja solo a su pueblo en medio de la prueba y que su fidelidad no desaparece en los días oscuros. También insiste en que la crisis no debe llevarnos a confiar en nuestra propia fuerza, sino a descansar en la gracia que Dios provee para resistir. Esa parte me habló mucho, porque me recordó que la verdadera estabilidad del creyente no está en el control de las circunstancias, sino en el carácter inmutable de Dios. 

Job y el golpe contra el evangelio de la prosperidad

Otra parte que me pareció especialmente poderosa es la manera en que el libro usa a Job para confrontar el evangelio de la prosperidad. Y esa confrontación es necesaria. Porque todavía hoy hay mensajes que, directa o indirectamente, hacen sentir al creyente que si está sufriendo es porque algo anda mal en su fe, en su obediencia o en su relación con Dios.

Este libro desarma esa lógica. La historia de Job deja claro que el sufrimiento no siempre es proporcional a la impiedad, y que muchas veces las explicaciones rápidas solo terminan hiriendo más al que ya está quebrantado. El libro también expone cómo, en tiempos de crisis, muchos corren a Dios solo por alivio inmediato, pero luego vuelven a olvidarlo cuando pasa la tormenta. En contraste, Job aparece como alguien que, en medio del quebranto, es llevado a una visión más profunda de Dios. 

Eso me impactó bastante, porque me hizo pensar en cuántas veces la iglesia necesita volver a decir con claridad que el sufrimiento no es automáticamente un signo de derrota espiritual. A veces, más bien, es el escenario donde queda al descubierto si nuestra fe estaba puesta en los regalos de Dios o en Dios mismo.

Dios no desperdicia la aflicción

Uno de los énfasis más marcados del libro es que la aflicción no es un accidente sin sentido. Dios la usa. Dios enseña por medio de ella. Dios refina a sus hijos en medio de ella. El autor presenta la prueba como un medio por el cual el creyente puede crecer, abandonar falsas seguridades y contemplar con más profundidad la gloria de Dios. Incluso habla de la diferencia entre conocer a Dios solo de manera intelectual y llegar a conocerlo con una profundidad que muchas veces solo nace en el horno del sufrimiento. 

Esa parte me dejó pensando mucho. Porque nadie busca la aflicción por gusto, pero sí es cierto que hay cosas que uno solo aprende cuando la comodidad se rompe. Hay niveles de dependencia, de oración, de rendición y de claridad espiritual que rara vez florecen en tiempos de abundancia. El dolor no es bueno en sí mismo, pero en las manos de Dios puede convertirse en un instrumento de purificación.

Y eso no significa romantizar el sufrimiento. Significa reconocer que Dios no deja ninguna lágrima fuera de su gobierno. El libro insiste en que cada prueba tiene una medida diseñada por la fidelidad de Dios, y que Él no abandona a los suyos a merced del caos. Esa verdad, bien entendida, produce descanso. 

Mirar a Dios antes que quedarse atrapado en la herida

Otro punto que me pareció muy fuerte es la insistencia del libro en que, frente a la pérdida, la mirada del creyente debe dirigirse primero al carácter de Dios antes que quedarse completamente absorbida por la herida. El libro habla de contemplación, de vivir a la luz del verdadero Tesoro, y de examinar el corazón sin caer en desesperación. También distingue con cuidado entre la condenación judicial y la disciplina paternal, algo que pastoralmente me parece muy importante. 

Eso también me impactó en lo personal. Porque en medio del dolor es fácil obsesionarse solo con la pérdida, con la pregunta, con el “por qué”, con el vacío. Pero este libro recuerda que el alma no solo necesita respuestas; necesita volver a mirar a Dios. Necesita recordar quién es Él, qué ha prometido, y por qué sigue siendo digno de confianza aun cuando no entendemos todo lo que está pasando.

Cómo la iglesia debe acompañar al que sufre

Una de las fortalezas pastorales más claras del libro es que no se queda solamente en el sufrimiento individual. También piensa en la comunidad. Habla de cómo ayudar al que sufre y deja ver con claridad que la iglesia puede acompañar bien o puede herir más, como ocurrió con los amigos de Job. El autor advierte contra una actitud arrogante que convierte el consuelo en tribunal, y llama a una solidaridad real con el hermano atribulado. 

Esa parte me pareció muy necesaria para la iglesia de hoy. A veces se tiene buena doctrina en el papel, pero poca sensibilidad en la práctica. Y el que está sufriendo no necesita que le lancen respuestas frías desde lejos. Necesita verdad, sí, pero acompañada de compasión, humildad, paciencia y temor de Dios. Este libro me recordó que pastorear el dolor ajeno requiere más que fórmulas correctas; requiere un corazón que haya aprendido a temblar delante del Señor.

La esperanza cristiana no está en evitar la crisis, sino en Cristo en medio de ella

Al final, una de las cosas que más me dejó esta lectura fue la convicción de que la esperanza cristiana no consiste en una vida blindada contra el sufrimiento. Consiste en tener a Cristo en medio de él. El cierre del libro apunta precisamente a esa esperanza: el creyente no vive para este mundo, no llora como quien no tiene esperanza, y no pone su confianza final en la sanidad, la estabilidad o la ausencia de conflicto, sino en Jesucristo mismo. Él es la esperanza en medio de la crisis. 

Eso parece una frase sencilla, pero tiene un peso enorme. Porque cuando la fe se reduce a esperar que todo salga bien, tarde o temprano se derrumba. Pero cuando la esperanza está anclada en Cristo, entonces incluso la noche más oscura no tiene la última palabra.

Reflexión final

Esperanza en medio de la crisis me recordó que la fe cristiana no se prueba de verdad en los días fáciles, sino cuando el alma tiene que decidir si descansará en Dios aun sin entenderlo todo. Ese es, para mí, uno de los mayores aportes de este libro. No ofrece consuelo barato, no alimenta triunfalismos vacíos y no maquilla la dureza del sufrimiento. Lo que hace es mejor: lleva al lector de regreso a la solidez de la Palabra, a la soberanía de Dios y a la suficiencia de Cristo.

Y en un tiempo donde tantos quieren una esperanza sin cruz, esta lectura vuelve a poner las cosas en su sitio. La verdadera esperanza cristiana no niega la crisis. La atraviesa con los ojos puestos en el Señor.

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Escándalo, de D.A. Carson: una lectura que nos devuelve al centro del evangelio

Una reseña pastoral de Escándalo, de D.A. Carson, escrita en el contexto de la Semana Mayor, que nos recuerda por qué la cruz y la resurrección siguen siendo el centro del evangelio.

Vivimos en días donde se habla mucho de cristianismo, pero no siempre se habla de lo que está en el centro. Se habla de experiencias, de estrategias, de emociones, de liderazgo y de cultura, pero no siempre se vuelve con suficiente claridad y reverencia a la cruz y a la resurrección de Jesucristo.

Desde hace ya un buen tiempo tenía guardada esta reseña, y me parece que hoy, en medio de la Semana Mayor, es un momento muy oportuno para compartirla. Tal vez, al leer estas líneas, también te animes a acercarte a Escándalo, de D.A. Carson, un libro que nos devuelve al corazón del evangelio y nos recuerda que todo se sostiene finalmente en la cruz de Cristo y en la gloria de su resurrección.

Carson escribe con profundidad, pero también con una claridad que incomoda y al mismo tiempo afirma. A lo largo de sus páginas, uno percibe que no está simplemente exponiendo cinco textos bíblicos aislados, sino mostrándonos cómo toda la Escritura converge en ese fin de semana en Jerusalén donde el Hijo de Dios fue crucificado y luego resucitó de entre los muertos.

Y en tiempos como los nuestros, donde incluso dentro de algunos espacios evangélicos se corre el riesgo de mover el centro hacia la experiencia, la estrategia o la autoayuda religiosa, un libro como este hace bien al alma.

Un libro que vuelve a poner la cruz donde debe estar

Una de las virtudes más notables de Escándalo es que no trata la cruz como un símbolo decorativo del cristianismo, sino como el lugar donde la santidad de Dios, la culpa del hombre, la justicia divina y la gracia redentora se encuentran de manera definitiva. Carson no le teme al peso doctrinal del evangelio. Al contrario, lo abraza.

Eso se nota desde el principio. Cuando expone las ironías de la crucifixión, deja claro que la cruz no fue una derrota imprevista, ni un momento trágico que luego Dios tuvo que reinterpretar. En la burla de los soldados, en la debilidad aparente del Crucificado, en el grito de abandono y en la incapacidad de Jesús para “salvarse a sí mismo”, Carson muestra que justamente allí estaba ocurriendo la victoria más grande de la historia.

Y eso es algo que este libro recuerda con fuerza: el evangelio no gira alrededor de un Cristo admirable únicamente por sus enseñanzas, sino alrededor de un Cristo que murió en sustitución de pecadores y resucitó con poder. Si se pierde eso, se pierde el cristianismo.

La cruz sigue siendo un escándalo

El título del libro no es casual. La cruz fue escandalosa en el primer siglo y sigue siéndolo hoy, aunque por razones distintas. En tiempos de Jesús, resultaba ofensivo pensar en un Mesías crucificado. En nuestros días, lo ofensivo es que la cruz nos recuerde que el ser humano no necesita solo inspiración, sino redención; no necesita solo ejemplo, sino expiación; no necesita solo ánimo, sino reconciliación con Dios.

Carson tiene la capacidad de llevar al lector a ese punto incómodo donde ya no puede hablar de la cruz de forma liviana. La cruz confronta nuestro orgullo porque nos dice que nuestro problema era más profundo de lo que queríamos admitir. Si Cristo tuvo que morir, entonces el pecado no era un tropiezo menor. Si el Hijo de Dios tuvo que beber la copa del juicio, entonces la condición humana no se resuelve con esfuerzo moral ni con discursos de superación personal.

Por eso este libro hace bien. Porque nos saca de una fe sentimental y nos devuelve al terreno firme del evangelio bíblico.

Romanos 3 y el peso real de la salvación

Uno de los momentos más importantes del libro es la exposición de Romanos 3:21–26. Allí Carson entra en una de las zonas doctrinales más decisivas de toda la fe cristiana: cómo puede Dios seguir siendo justo y, al mismo tiempo, justificar al pecador.

Aquí el libro no se conforma con frases bonitas. Va al centro. Nos recuerda que el problema no era únicamente nuestra culpa subjetiva o nuestra sensación de vacío, sino la realidad objetiva de que habíamos pecado contra un Dios santo. Y precisamente por eso la cruz no puede reducirse a una mera muestra de amor desinteresado en términos generales. La cruz es también satisfacción de la justicia divina. Es allí donde el juicio que merecíamos cae sobre Cristo, y donde la misericordia de Dios se abre paso sin comprometer su santidad.

Carson insiste en una distinción teológica que hoy muchas veces se evita: no basta hablar de expiación si se omite la propiciación. No basta decir que el pecado fue quitado si no entendemos también que la ira justa de Dios fue satisfecha en la obra del Hijo. Y aunque para algunos esto pueda sonar demasiado fuerte, en realidad es una de las razones por las cuales el evangelio es tan glorioso. Dios no nos salva pasando por alto su justicia. Nos salva honrando plenamente su justicia en la cruz de Cristo.

Ese punto le da una profundidad enorme al libro. Y, honestamente, también le devuelve densidad al evangelio en una época donde muchos quieren predicar sus beneficios sin explicar su costo.

La resurrección no es un apéndice, sino la confirmación del triunfo

Otra fortaleza del libro es que no separa la cruz de la resurrección. Carson entiende que ambas realidades pertenecen al mismo anuncio glorioso. Cristo no solo murió; Cristo resucitó. Y eso cambia todo.

En la exposición de Juan 11, por ejemplo, la resurrección de Lázaro no aparece solamente como un milagro conmovedor, sino como una manifestación anticipada del señorío de Cristo sobre la muerte. Jesús no se presenta allí como un maestro que consuela desde lejos, sino como el Señor de la vida que entra en el terreno de nuestra mayor enemiga y la desafía con autoridad soberana.

Y en Juan 20, el caso de Tomás termina siendo mucho más que una historia sobre dudas personales. Carson lo convierte en una ventana al poder de la resurrección para transformar al escéptico herido en un adorador rendido. La confesión “Señor mío y Dios mío” no es un detalle devocional bonito. Es la respuesta adecuada ante el Cristo resucitado.

Eso también hace muy valiosa esta lectura: no presenta la resurrección como una nota alegre al final del drama, sino como la declaración pública de que el Crucificado verdaderamente venció. La tumba vacía no suaviza el escándalo de la cruz; lo confirma como victoria.

Un libro doctrinalmente robusto y pastoralmente útil

Algo que aprecio de Carson es que su profundidad teológica no lo vuelve frío. Escándalo tiene doctrina, y mucha. Pero no es doctrina desconectada del alma. A medida que uno avanza en la lectura, entiende que aquí no se está jugando con conceptos abstractos, sino con las realidades más decisivas de la fe cristiana: culpa, perdón, muerte, juicio, esperanza, victoria, adoración.

Por eso considero que este libro no solo sirve para estudiantes de teología o pastores. También puede hacer mucho bien a creyentes serios que quieran entender mejor por qué la cruz y la resurrección ocupan el lugar que ocupan en la revelación bíblica. No es una lectura ligera, pero sí es una lectura provechosa. Exige atención, pero recompensa al lector.

Y quizá ahí está una de sus mayores contribuciones: nos ayuda a volver al centro sin trivializarlo. Nos recuerda que el evangelio no es simple porque sea superficial, sino porque su claridad descansa sobre una profundidad que nunca terminaremos de agotar.

Reflexión final

Leer Escándalo, de D.A. Carson, me recordó algo que jamás deberíamos olvidar: la fe cristiana vive o cae con la cruz y la resurrección de Jesucristo. No estamos hablando de dos doctrinas más dentro del sistema cristiano. Estamos hablando del centro. Del punto donde Dios juzga el pecado, despliega su amor, derrota al acusador, vence la muerte y abre el camino para que pecadores sean reconciliados con Él.

Este libro hace exactamente eso: nos devuelve al centro del evangelio.

Y tal vez esa sea una de las necesidades más urgentes de la iglesia hoy. No más distracciones. No más cosas secundarias. No más cristianismo diluido. Necesitamos volver una y otra vez al escándalo glorioso de la cruz y a la victoria irreversible de la tumba vacía. Porque solo allí el pecador entiende quién es, solo allí la gracia brilla con toda su fuerza, y solo allí Cristo recibe la gloria que le pertenece.

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