Reseñas Ovidio Pineda Reseñas Ovidio Pineda

Cuando el evangelismo deja de descansar en nosotros: una reseña de El evangelismo y la soberanía de Dios, de J. I. Packer

J. I. Packer muestra que la soberanía de Dios no enfría el evangelismo, sino que lo sostiene. Una reseña y reflexión sobre misión, oración, fidelidad y dependencia de Dios.

Hay discusiones que se vuelven eternas en la vida de la iglesia. Una de ellas es esta: si Dios es soberano en la salvación, ¿qué sentido tiene evangelizar? Y la otra cara de la moneda no es menos común: si debemos evangelizar con urgencia, ¿no termina eso empujándonos a pensar que todo depende de nosotros?

J. I. Packer entra en esa tensión sin rodeos. Y eso es precisamente lo que hace tan valioso este libro. El evangelismo y la soberanía de Dios no fue escrito como un manual de estrategias, ni como una receta de técnicas, ni como una defensa de modas evangelísticas. Desde el principio, Packer deja claro que su propósito es otro: pensar bíblica y teológicamente la relación entre la soberanía de Dios, la responsabilidad del hombre y el deber evangelístico del cristiano.

Eso ya coloca el libro en un lugar distinto. No estamos ante un texto que intenta impresionarnos con novedades, sino ante uno que quiere corregir la forma en que pensamos y, al mismo tiempo, la forma en que servimos. Porque, en el fondo, Packer no solo está lidiando con una discusión doctrinal. También está confrontando dos errores muy comunes: la pereza disfrazada de teología y la ansiedad disfrazada de celo.

Cuando la Biblia no nos deja escoger una sola verdad

Una de las partes más fuertes del libro aparece cuando Packer habla de la antinomia. La palabra puede sonar técnica, pero el punto es claro. Hay verdades que la Escritura afirma con total autoridad, aunque nuestra mente no sepa acomodarlas del todo. Dios es soberano. El hombre es responsable. La Biblia enseña ambas cosas. Y el problema comienza cuando nosotros queremos eliminar una para que la otra nos resulte más fácil de entender.

Packer no cae en ese juego. No intenta rebajar una verdad para salvar la otra. Más bien insiste en que ambas deben creerse juntas, porque ambas vienen con la misma autoridad bíblica. Dios reina. El hombre responde. Dios gobierna. El hombre es responsable. Y aunque nuestra mente finita tropiece con esa tensión, la Escritura no nos da permiso para poner una verdad contra la otra.

Y ahí el libro me pareció especialmente honesto. Porque muchas veces no nos incomoda el misterio por amor a la claridad, sino por orgullo. Queremos un Dios que encaje por completo dentro de nuestro sistema. Queremos una teología donde todo cierre sin dejarnos ninguna incomodidad. Pero hay momentos en que la fidelidad bíblica exige algo más humilde: aceptar lo que Dios ha dicho, aunque no podamos reducirlo a una fórmula cómoda.

Lo que nuestras rodillas ya saben

Donde el libro deja de ser solo una reflexión doctrinal y se vuelve una palabra profundamente pastoral es en su tratamiento de la oración. Aquí Packer toca un punto tan sencillo como contundente: muchos discuten contra la soberanía de Dios con la boca, pero la reconocen cuando se arrodillan.

Cuando un creyente ora por la conversión de un hijo, de un amigo, de una esposa o de una persona endurecida, lo que está admitiendo es que solo Dios puede abrir los ojos, inclinar el corazón y traer al pecador a Cristo. Y cuando agradece por su propia salvación, ninguno da gracias como si Dios hubiera puesto una parte y el resto hubiera sido mérito personal.

Ese punto me pareció especialmente certero porque le baja el volumen a la polémica y le devuelve peso a la piedad. En otras palabras: la verdadera doctrina no solo organiza ideas; también humilla al hombre delante de Dios. Y eso, en tiempos donde a veces se discute la teología como si fuera una competencia, es un recordatorio muy necesario.

Evangelizar no es fabricar conversiones

Otro de los grandes aportes del libro está en la forma en que Packer define el evangelismo. Y aquí, sinceramente, hay una corrección que sigue siendo urgente. Packer rechaza la idea de definir el evangelismo por sus resultados visibles. No niega que deseemos fruto. No niega que anhelemos conversiones. No niega que el evangelista quiera ver personas venir a Cristo. Lo que niega es que el éxito del evangelismo deba medirse por cifras, respuestas inmediatas o estadísticas.

Esa diferencia cambia muchísimo. Cambia la presión. Cambia el tono. Cambian los métodos. Y cambia también la manera de evaluar el ministerio. Porque cuando el evangelismo se define por resultados, la tentación inevitable es manipular. Si lo importante es producir decisiones, entonces poco a poco el mensaje empieza a doblarse para volverse más atractivo, más rápido, más vendible. Pero cuando el centro vuelve a ser la fidelidad, el evangelista recuerda que no es dueño del mensaje, sino mensajero.

Packer, en el fondo, nos devuelve a una verdad muy sana: no somos llamados a convertir personas por la fuerza de nuestra elocuencia, sino a anunciar fielmente a Cristo. Y eso libera. Libera del orgullo, pero también de la desesperación.

La soberanía de Dios no enfría la misión; la sostiene

Tal vez una de las cosas más valiosas de esta lectura es que devuelve al creyente a un lugar más sano. Si todo dependiera de nosotros, el evangelismo sería insoportable. Cada conversación cargaría un peso imposible. Cada rechazo se sentiría como una derrota definitiva. Cada silencio nos haría pensar que fallamos por no haber tenido la frase correcta.

Pero si Dios es realmente soberano, entonces el evangelismo deja de ser un ejercicio de ansiedad y vuelve a ser un acto de obediencia, amor y confianza. Y eso no nos vuelve pasivos. Packer es muy claro en esto: la soberanía de Dios no es excusa para la pereza espiritual ni refugio para la cobardía. Dios salva, sí, pero ha querido hacerlo mediante la proclamación del evangelio.

Aquí está, me parece, una de las mayores fortalezas del libro: no permite que nos escondamos en ninguno de los dos extremos. No permite ni el activismo desesperado ni la inercia religiosa. Nos obliga a caminar por una senda más bíblica y más humilde: predicar con claridad, orar con dependencia, perseverar con paciencia y dejar los resultados en las manos de Dios.

Un libro que limpia el corazón del evangelista

A estas alturas, uno entiende que el aporte de este libro no es ofrecer una novedad. Es algo mejor. Es devolvernos a una cordura espiritual que con facilidad perdemos. Packer nos recuerda que el evangelismo no necesita menos doctrina, sino doctrina bien entendida. No necesita menos urgencia, sino una urgencia limpiada del orgullo humano. No necesita menos esfuerzo, sino un esfuerzo sostenido por la convicción de que Dios sigue salvando pecadores.

Y esa limpieza hace mucho bien. Porque pone al evangelista en su lugar correcto. No como salvador, sino como siervo. No como productor de resultados, sino como testigo fiel. No como estratega obsesionado con el control, sino como hombre que anuncia a Cristo y depende del Espíritu Santo.

Reflexión final

Leer El evangelismo y la soberanía de Dios no me dejó con la sensación de haber encontrado una técnica mejor. Me dejó con algo más útil: me recordó que yo no soy el salvador de nadie.

Y eso, lejos de enfriar la misión, la limpia.

La limpia del orgullo de pensar que todo depende de mi capacidad, del miedo de creer que cada conversación descansa sobre mis hombros, del pragmatismo que convierte el evangelio en una herramienta de presión. Y la limpia también de esa falsa humildad que usa la soberanía de Dios como excusa para no hablar.

Packer me hizo recordar algo que nunca deberíamos perder de vista: el evangelio se proclama con seriedad porque Dios manda hacerlo, y se proclama con esperanza porque Dios sigue salvando.

Por eso, al final, el evangelismo no descansa en nuestra elocuencia, ni en nuestros métodos, ni en nuestra habilidad para producir una respuesta. Descansa en el Dios que abre ojos, despierta corazones y honra la proclamación fiel de Su Hijo.

Leer más
Reseñas Ovidio Pineda Reseñas Ovidio Pineda

Escándalo, de D.A. Carson: una lectura que nos devuelve al centro del evangelio

Una reseña pastoral de Escándalo, de D.A. Carson, escrita en el contexto de la Semana Mayor, que nos recuerda por qué la cruz y la resurrección siguen siendo el centro del evangelio.

Vivimos en días donde se habla mucho de cristianismo, pero no siempre se habla de lo que está en el centro. Se habla de experiencias, de estrategias, de emociones, de liderazgo y de cultura, pero no siempre se vuelve con suficiente claridad y reverencia a la cruz y a la resurrección de Jesucristo.

Desde hace ya un buen tiempo tenía guardada esta reseña, y me parece que hoy, en medio de la Semana Mayor, es un momento muy oportuno para compartirla. Tal vez, al leer estas líneas, también te animes a acercarte a Escándalo, de D.A. Carson, un libro que nos devuelve al corazón del evangelio y nos recuerda que todo se sostiene finalmente en la cruz de Cristo y en la gloria de su resurrección.

Carson escribe con profundidad, pero también con una claridad que incomoda y al mismo tiempo afirma. A lo largo de sus páginas, uno percibe que no está simplemente exponiendo cinco textos bíblicos aislados, sino mostrándonos cómo toda la Escritura converge en ese fin de semana en Jerusalén donde el Hijo de Dios fue crucificado y luego resucitó de entre los muertos.

Y en tiempos como los nuestros, donde incluso dentro de algunos espacios evangélicos se corre el riesgo de mover el centro hacia la experiencia, la estrategia o la autoayuda religiosa, un libro como este hace bien al alma.

Un libro que vuelve a poner la cruz donde debe estar

Una de las virtudes más notables de Escándalo es que no trata la cruz como un símbolo decorativo del cristianismo, sino como el lugar donde la santidad de Dios, la culpa del hombre, la justicia divina y la gracia redentora se encuentran de manera definitiva. Carson no le teme al peso doctrinal del evangelio. Al contrario, lo abraza.

Eso se nota desde el principio. Cuando expone las ironías de la crucifixión, deja claro que la cruz no fue una derrota imprevista, ni un momento trágico que luego Dios tuvo que reinterpretar. En la burla de los soldados, en la debilidad aparente del Crucificado, en el grito de abandono y en la incapacidad de Jesús para “salvarse a sí mismo”, Carson muestra que justamente allí estaba ocurriendo la victoria más grande de la historia.

Y eso es algo que este libro recuerda con fuerza: el evangelio no gira alrededor de un Cristo admirable únicamente por sus enseñanzas, sino alrededor de un Cristo que murió en sustitución de pecadores y resucitó con poder. Si se pierde eso, se pierde el cristianismo.

La cruz sigue siendo un escándalo

El título del libro no es casual. La cruz fue escandalosa en el primer siglo y sigue siéndolo hoy, aunque por razones distintas. En tiempos de Jesús, resultaba ofensivo pensar en un Mesías crucificado. En nuestros días, lo ofensivo es que la cruz nos recuerde que el ser humano no necesita solo inspiración, sino redención; no necesita solo ejemplo, sino expiación; no necesita solo ánimo, sino reconciliación con Dios.

Carson tiene la capacidad de llevar al lector a ese punto incómodo donde ya no puede hablar de la cruz de forma liviana. La cruz confronta nuestro orgullo porque nos dice que nuestro problema era más profundo de lo que queríamos admitir. Si Cristo tuvo que morir, entonces el pecado no era un tropiezo menor. Si el Hijo de Dios tuvo que beber la copa del juicio, entonces la condición humana no se resuelve con esfuerzo moral ni con discursos de superación personal.

Por eso este libro hace bien. Porque nos saca de una fe sentimental y nos devuelve al terreno firme del evangelio bíblico.

Romanos 3 y el peso real de la salvación

Uno de los momentos más importantes del libro es la exposición de Romanos 3:21–26. Allí Carson entra en una de las zonas doctrinales más decisivas de toda la fe cristiana: cómo puede Dios seguir siendo justo y, al mismo tiempo, justificar al pecador.

Aquí el libro no se conforma con frases bonitas. Va al centro. Nos recuerda que el problema no era únicamente nuestra culpa subjetiva o nuestra sensación de vacío, sino la realidad objetiva de que habíamos pecado contra un Dios santo. Y precisamente por eso la cruz no puede reducirse a una mera muestra de amor desinteresado en términos generales. La cruz es también satisfacción de la justicia divina. Es allí donde el juicio que merecíamos cae sobre Cristo, y donde la misericordia de Dios se abre paso sin comprometer su santidad.

Carson insiste en una distinción teológica que hoy muchas veces se evita: no basta hablar de expiación si se omite la propiciación. No basta decir que el pecado fue quitado si no entendemos también que la ira justa de Dios fue satisfecha en la obra del Hijo. Y aunque para algunos esto pueda sonar demasiado fuerte, en realidad es una de las razones por las cuales el evangelio es tan glorioso. Dios no nos salva pasando por alto su justicia. Nos salva honrando plenamente su justicia en la cruz de Cristo.

Ese punto le da una profundidad enorme al libro. Y, honestamente, también le devuelve densidad al evangelio en una época donde muchos quieren predicar sus beneficios sin explicar su costo.

La resurrección no es un apéndice, sino la confirmación del triunfo

Otra fortaleza del libro es que no separa la cruz de la resurrección. Carson entiende que ambas realidades pertenecen al mismo anuncio glorioso. Cristo no solo murió; Cristo resucitó. Y eso cambia todo.

En la exposición de Juan 11, por ejemplo, la resurrección de Lázaro no aparece solamente como un milagro conmovedor, sino como una manifestación anticipada del señorío de Cristo sobre la muerte. Jesús no se presenta allí como un maestro que consuela desde lejos, sino como el Señor de la vida que entra en el terreno de nuestra mayor enemiga y la desafía con autoridad soberana.

Y en Juan 20, el caso de Tomás termina siendo mucho más que una historia sobre dudas personales. Carson lo convierte en una ventana al poder de la resurrección para transformar al escéptico herido en un adorador rendido. La confesión “Señor mío y Dios mío” no es un detalle devocional bonito. Es la respuesta adecuada ante el Cristo resucitado.

Eso también hace muy valiosa esta lectura: no presenta la resurrección como una nota alegre al final del drama, sino como la declaración pública de que el Crucificado verdaderamente venció. La tumba vacía no suaviza el escándalo de la cruz; lo confirma como victoria.

Un libro doctrinalmente robusto y pastoralmente útil

Algo que aprecio de Carson es que su profundidad teológica no lo vuelve frío. Escándalo tiene doctrina, y mucha. Pero no es doctrina desconectada del alma. A medida que uno avanza en la lectura, entiende que aquí no se está jugando con conceptos abstractos, sino con las realidades más decisivas de la fe cristiana: culpa, perdón, muerte, juicio, esperanza, victoria, adoración.

Por eso considero que este libro no solo sirve para estudiantes de teología o pastores. También puede hacer mucho bien a creyentes serios que quieran entender mejor por qué la cruz y la resurrección ocupan el lugar que ocupan en la revelación bíblica. No es una lectura ligera, pero sí es una lectura provechosa. Exige atención, pero recompensa al lector.

Y quizá ahí está una de sus mayores contribuciones: nos ayuda a volver al centro sin trivializarlo. Nos recuerda que el evangelio no es simple porque sea superficial, sino porque su claridad descansa sobre una profundidad que nunca terminaremos de agotar.

Reflexión final

Leer Escándalo, de D.A. Carson, me recordó algo que jamás deberíamos olvidar: la fe cristiana vive o cae con la cruz y la resurrección de Jesucristo. No estamos hablando de dos doctrinas más dentro del sistema cristiano. Estamos hablando del centro. Del punto donde Dios juzga el pecado, despliega su amor, derrota al acusador, vence la muerte y abre el camino para que pecadores sean reconciliados con Él.

Este libro hace exactamente eso: nos devuelve al centro del evangelio.

Y tal vez esa sea una de las necesidades más urgentes de la iglesia hoy. No más distracciones. No más cosas secundarias. No más cristianismo diluido. Necesitamos volver una y otra vez al escándalo glorioso de la cruz y a la victoria irreversible de la tumba vacía. Porque solo allí el pecador entiende quién es, solo allí la gracia brilla con toda su fuerza, y solo allí Cristo recibe la gloria que le pertenece.

Leer más