Reflexiones pastorales, Reseñas Ovidio Pineda Reflexiones pastorales, Reseñas Ovidio Pineda

La gloria que sacia el alma: redescubriendo la alegría indestructible en Cristo

Una reflexión pastoral a partir de Alegría indestructible, de John Piper, sobre la gloria de Cristo, la seguridad del alma y el gozo que el mundo no puede producir ni destruir.

Al leer Alegría indestructible, de John Piper, no pude evitar pensar en una verdad que la iglesia, con el paso de los años, tristemente ha ido diluyendo poco a poco, pero que necesita recuperar con urgencia: Cristo no vino simplemente a mejorar nuestra autoestima, a decorar nuestra vida religiosa o a darle un barniz espiritual a nuestros deseos. Cristo vino a revelarnos la gloria de Dios, a reconciliarnos con el Padre y a saciar el alma con un gozo que el mundo no puede producir ni destruir.

Vivimos en una época obsesionada con el yo. Se nos enseña a buscarnos, celebrarnos, afirmarnos y construir una identidad frente al espejo de la aprobación humana. Pero mientras más nos miramos a nosotros mismos como si fuéramos el centro, más evidente se vuelve nuestra incapacidad para sostener el peso de nuestra propia alma. El corazón humano no fue diseñado para ser satisfecho por su propia imagen. Fue creado para contemplar, amar y disfrutar una gloria mayor.

Por eso este libro no solo comunica; confronta. Nos obliga a hacernos una pregunta sencilla, pero profundamente incómoda: ¿dónde está realmente nuestra seguridad? ¿En lo que somos, logramos, sentimos y controlamos, o en la gloria indestructible de Jesucristo?

No fuimos creados para vivir frente al espejo

Uno de los grandes males de nuestra generación es que ha confundido introspección con sanidad. Nos han dicho que la respuesta está dentro de nosotros, que basta con mirarnos mejor, aceptarnos más y repetirnos palabras de valor. Sin embargo, la Escritura presenta un diagnóstico más profundo: el problema del ser humano no es simplemente que se mire poco, sino que ha dejado de mirar a Dios.

Cuando el hombre se coloca en el centro, todo lo demás se desordena. Los deseos pierden proporción, las relaciones se deforman, los temores gobiernan y las pequeñas cosas comienzan a ocupar el lugar de lo eterno. El alma se vuelve un sistema sin sol: cada planeta gira sin armonía porque el centro verdadero ha sido desplazado.

La gloria de Dios no es un adorno doctrinal; es el centro de la realidad. Los cielos cuentan esa gloria, la creación la anuncia, la historia se mueve hacia ella y el evangelio la revela de manera suprema en el rostro de Jesucristo. Por eso la sanidad más profunda del alma no comienza cuando el hombre se contempla a sí mismo con mayor ternura, sino cuando vuelve a mirar a Cristo con fe, asombro y rendición.

No necesitamos un evangelio que nos haga sentir más importantes. Necesitamos el evangelio que nos libere de la esclavitud de querer ser el centro.

Cristo no es un medio para otra cosa; Cristo es el tesoro

Una de las verdades que más necesitamos recuperar es esta: Jesús no es valioso porque nos ayuda a conseguir algo más. Jesús es valioso porque Él mismo es el tesoro supremo.

Muchas veces reducimos a Cristo a un medio para alcanzar tranquilidad, éxito, estabilidad emocional, familia, ministerio, sanidad, provisión o propósito. Sin duda, en Cristo recibimos bendiciones inmensas. Pero ninguna bendición debe ocupar el lugar del Cristo que bendice. El perdón, la justificación, la adopción, la reconciliación y la esperanza eterna son regalos gloriosos; pero todos ellos nos conducen al mayor regalo: Dios mismo en Jesucristo.

El evangelio no termina en que Dios me haga sentir bien conmigo mismo. El evangelio culmina en que Dios me reconcilia consigo mismo para que pueda conocerlo, amarlo, adorarlo y disfrutarlo para siempre.

Esta verdad corrige muchas versiones débiles de la fe cristiana. Cristo no existe para alimentar nuestra vanidad espiritual. Nosotros existimos para glorificarlo y encontrar en Él la satisfacción que ninguna criatura puede ofrecer.

El León y el Cordero: la belleza de un Cristo completo

Una de las visiones más poderosas de Jesucristo es la que aparece en Apocalipsis: el León de la tribu de Judá que vence y el Cordero que fue inmolado. No son dos Cristos distintos. Es el mismo Señor revelado en la plenitud de su gloria.

Aquí se encuentra una de las bellezas más profundas de Jesús: en Él se unen excelencias que en cualquier otro parecerían contradictorias. Es majestuoso, pero humilde. Es soberano, pero manso. Es santo, pero cercano al quebrantado. Tiene autoridad absoluta, pero se entrega voluntariamente. Puede callar la tormenta con una palabra, pero también puede guardar silencio ante sus acusadores.

La iglesia necesita recuperar al Cristo completo. No un Jesús reducido a ternura sin autoridad. No un Jesús presentado solo como juez sin compasión. No un Cristo domesticado para encajar en la sensibilidad moderna. No un Cristo tan suavizado que ya no confronta, ni tan distorsionado que ya no consuela.

Necesitamos al León que nos hace temblar y al Cordero que nos invita a descansar. Necesitamos su santidad para despertar del pecado y su misericordia para correr hacia Él sin desesperación. Necesitamos su poder para no rendirnos y su mansedumbre para no huir de su presencia cuando estamos cargados.

El Cristo bíblico no cabe en nuestras caricaturas. Su gloria rompe todos nuestros moldes.

La fe no solo entiende; también saborea

Hay una gran diferencia entre saber cosas correctas acerca de Cristo y quedar cautivados por su belleza. Una persona puede afirmar doctrinas verdaderas y, aun así, tener un corazón frío. Puede conocer términos teológicos y no vivir rendida ante la gloria del Salvador.

La fe bíblica no es menos que conocimiento, pero es más que conocimiento. Es ver a Cristo como verdadero, hermoso, suficiente y digno de confianza. Es reconocer que su gloria no necesita ser adornada por nuestra imaginación ni confirmada por experiencias privadas. Cristo, tal como se revela en la Escritura, posee una excelencia que el Espíritu Santo hace visible al corazón.

Esto no significa despreciar la razón, la historia o el estudio serio. Significa que la seguridad más profunda de la fe no descansa solamente en una cadena de argumentos, sino en la obra del Espíritu que abre los ojos para contemplar la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo.

La incredulidad no es meramente falta de información; también es ceguera espiritual. Por eso no basta con presentar datos. Necesitamos que Dios ilumine el corazón. Necesitamos mirar al Cristo de la Biblia hasta que su gloria nos venza, nos convenza y nos transforme.

El lado severo de Jesús también es misericordia

Nuestra época quiere un Jesús inofensivo. Un Jesús que escuche, acompañe, abrace y afirme, pero que nunca advierta, confronte ni juzgue. Sin embargo, ese Jesús no es el de los Evangelios.

El verdadero Jesús habló con ternura a los cansados, pero también pronunció palabras duras contra la hipocresía. Llamó a los pecadores al arrepentimiento. Advirtió sobre el juicio. Confrontó la religiosidad vacía. Exigió una lealtad superior incluso a los vínculos más queridos de esta vida.

A primera vista, su severidad puede incomodar. Pero cuando se entiende desde la santidad y el amor, descubrimos que sus palabras duras no son crueldad, sino misericordia. Un médico que suaviza el diagnóstico para no incomodar al paciente puede parecer amable, pero no está amando verdaderamente. El amor verdadero dice la verdad cuando la vida está en juego.

Jesús no hiere para destruir; confronta para salvar. No despierta la conciencia para condenar sin esperanza; la despierta para llevarnos al arrepentimiento y a la gracia. Su severidad es la voz del Pastor que no permite que sus ovejas sigan caminando tranquilas hacia el precipicio.

Un Cristo que nunca confronta no puede salvar. Un evangelio que nunca incomoda no puede resucitar a los muertos.

La cruz desarma aquello que más nos condenaba

La victoria de Cristo no fue una simple demostración de fuerza. En la cruz, Jesús venció de una manera más profunda: cargando nuestra culpa, satisfaciendo la justicia divina y quitándole al acusador su argumento más letal.

El enemigo puede tentar, mentir, intimidar y acusar. Pero su arma más poderosa era nuestra culpa real delante de Dios. Si el pecado seguía en pie y la deuda permanecía intacta, la acusación tenía fundamento. Pero Cristo tomó sobre sí la culpa de su pueblo y la clavó en la cruz.

Allí la condenación fue respondida. Allí la deuda fue cancelada. Allí la justicia no fue ignorada, sino satisfecha. Allí el acusador perdió su base legal contra los que están unidos a Cristo por la fe.

Esto no significa que el creyente no enfrente luchas, heridas, caídas o ataques. Significa que ninguna acusación puede tener la última palabra sobre aquel que ha sido cubierto por la sangre del Cordero. La seguridad cristiana no descansa en la intensidad de nuestras emociones, sino en la suficiencia de la obra consumada de Cristo.

Nuestra alegría es indestructible porque no está sostenida por nuestra fuerza, sino por una redención que ya fue comprada.

La alegría de Cristo no es superficial

Cuando hablamos de alegría cristiana, no hablamos de una sonrisa artificial ni de una negación ingenua del dolor. Jesús no fue frívolo. Fue varón de dolores, experimentado en quebranto. Lloró, sufrió, fue traicionado, abandonado, herido y crucificado.

Y, sin embargo, en Él hay un gozo que la tristeza no pudo destruir.

Esa es la diferencia entre la alegría del mundo y la alegría de Cristo. La alegría del mundo depende de circunstancias favorables. La alegría de Cristo permanece incluso cuando atraviesa sufrimiento, porque está arraigada en la comunión eterna con el Padre, en la certeza de la victoria y en el gozo de rescatar a los suyos.

Por eso el cristiano no está llamado a fingir que no duele. Está llamado a sufrir con esperanza. A llorar sin desesperarse. A cargar la cruz sin perder de vista la gloria venidera. A reconocer que la aflicción presente no tiene la fuerza suficiente para destruir el gozo que Cristo da.

La alegría indestructible no es ausencia de lágrimas. Es la presencia de Cristo en medio de ellas.

Vida invencible y esperanza futura

La resurrección de Jesucristo no es un detalle final del evangelio; es la declaración pública de que la muerte no tuvo la última palabra. Cristo no solo murió por los pecadores: resucitó con poder, vive para siempre e intercede por los suyos.

Esto cambia por completo la manera en que el creyente entiende la vida presente. La esperanza cristiana no es optimismo religioso. Es certeza fundada en una tumba vacía y en un Rey vivo. Si Cristo resucitó, entonces el pecado no reina de manera definitiva, la muerte no es el final, el sufrimiento no es eterno y la historia no avanza hacia el caos, sino hacia la manifestación gloriosa del Señor.

La vida invencible de Cristo sostiene la vida frágil del creyente. Nuestra seguridad no está en que nada malo nos suceda, sino en que nada podrá separarnos del amor de Dios en Cristo Jesús. El cuerpo puede debilitarse, los planes pueden romperse, las circunstancias pueden cambiar, pero el Salvador resucitado permanece.

Y cuando Él vuelva, no vendrá como una idea religiosa, sino como el Rey glorioso que pondrá todas las cosas en su lugar. La alegría que ahora conocemos por fe será plenitud delante de su rostro.

Reflexión final

Alegría indestructible nos recuerda que el alma humana no será saciada por menos que Cristo. Podemos distraernos con logros, ministerio, plataformas, dinero, relaciones, reconocimiento o comodidad, pero nada de eso puede ocupar el lugar de la gloria de Dios.

La gran pregunta no es si creemos en Dios de manera general. La pregunta es si Cristo se ha convertido en el centro real de nuestro sistema. Si su gloria ordena nuestros deseos. Si su belleza gobierna nuestros afectos. Si su cruz sostiene nuestra seguridad. Si su resurrección alimenta nuestra esperanza. Si su gozo ha comenzado a desplazar las falsas promesas del pecado.

Dios es más glorificado en nosotros cuando estamos más satisfechos en Él. Esa no es una frase bonita para repetir; es una invitación a examinar el corazón.

¿Sigue tu alma buscando vida frente al espejo, o ha comenzado a descansar en la gloria de Aquel que verdaderamente puede saciarla?

Referencia

Piper, J. (2005). Alegría indestructible: Dónde está nuestra seguridad (D. Menezo, trad.). Publicaciones Andamio.

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Cuando decir que Jesús es el único camino empieza a parecernos demasiado duro

Una reseña de Jesús, el único camino al Padre, de John Piper, y una reflexión sobre la pérdida de valentía de una iglesia que muchas veces sigue confesando la exclusividad de Cristo, pero ya no siempre sabe sostenerla frente a una cultura que la considera ofensiva.

Hoy te traigo la reseña de un libro que, para serte honesto, durante años estuvo en mi biblioteca virtual de PDFs. Siempre lo tuve ahí, al alcance de la mano, y por alguna extraña razón nunca me había detenido a leerlo. Fue hasta hace unos meses, mientras buscaba libros que tocaran con seriedad el tema del evangelismo, que me reencontré con él: Jesús, el único camino al Padre, de John Piper. Y tengo que decirlo así de claro: no sé por qué tardé tanto en leerlo. Es un libro necesario, incómodo en el mejor sentido y profundamente oportuno para el tiempo que nos ha tocado vivir. En este artículo quiero contarte por qué creo que tú también deberías leerlo. 

No porque esté diciendo algo nuevo, sino porque obliga a mirar de frente una cobardía cada vez más refinada: la de una iglesia que todavía usa vocabulario ortodoxo, pero que ya no siempre sabe cargar con el escándalo de aquello que dice creer. Y una de las razones por las que este libro me pareció tan necesario es que no entra al tema como si se tratara de una discusión fría sobre religiones comparadas. Piper entra con urgencia pastoral. Desde el principio deja claro que le preocupa ver cómo la iglesia ha ido perdiendo valentía y celo para sostener que Jesús es el único camino de salvación en un mundo que no solo rechaza esa idea, sino que la considera arrogante y hasta ofensiva. 

Cuando el problema deja de ser doctrinal y se vuelve de temperamento

Una de las cosas más agudas del libro es que Piper no trata este asunto solamente como una controversia doctrinal. Él ve algo más profundo. Ve un cambio de clima. Ve una iglesia que ha empezado a administrar la verdad con el pulso del mercado y con la fragilidad emocional de la cultura. Por eso habla de un temperamento “comercializado” y “sicologizado”: una manera de pensar en la que ya no basta preguntarse qué dice la Escritura, sino también qué tanto incomoda lo que dice. Y cuando el mensaje empieza a medirse por la reacción del consumidor, la tentación inevitable es suavizarlo, esconderlo o redefinirlo. 

Ahí es donde este tema deja de ser una mera discusión sobre pluralismo religioso y se vuelve una pregunta sobre el corazón de la iglesia. Porque no siempre callamos por falta de argumentos. A veces callamos porque ya empezamos a sentir vergüenza de una verdad que el Nuevo Testamento jamás trató como vergonzosa. Y si el mundo considera ofensivo que Cristo sea el único Salvador, el problema no se resuelve recortando el evangelio hasta que deje de incomodar. El problema es aprender de nuevo a llamar fidelidad a lo que el mundo llama dureza.

La trampa de llamar amor a lo que en realidad es miedo

Aquí el libro aprieta más. Porque Piper no permite que el silencio se disfrace tan fácilmente de compasión. Señala que una de las grandes trampas de nuestro tiempo es haber redefinido el amor como la capacidad de no herir la sensibilidad de nadie. Bajo esa lógica, la verdad deja de ser amorosa si produce fricción, y el cristiano termina sintiéndose culpable no por callar a Cristo, sino por anunciarlo con demasiada claridad. Pero si el prójimo necesita oír el evangelio para ser salvo, entonces callarlo para no parecer arrogantes no es amor; es temor al hombre con lenguaje más elegante. Piper incluso lo plantea en esos términos: cuando la necesidad universal de creer en Jesús se abandona, lo que está en riesgo no es una preferencia teológica menor, sino la autoridad de la Biblia, el amor genuino, la salvación de las personas, la fortaleza de los misioneros, nuestras propias almas y, en último término, la gloria de Cristo. 

Eso me parece decisivo, porque obliga a cambiar la pregunta. Ya no es solo: “¿Cómo sonará esto ante una cultura pluralista?”. La pregunta pasa a ser otra: “¿Qué clase de amor es este, si por no incomodar a alguien lo dejamos sin la única noticia que puede salvarlo?”. Y ahí el problema ya no es retórico. Es espiritual.

Cornelio no prueba que el evangelio sea opcional

En este punto, el caso de Cornelio se vuelve central. Y Piper tiene razón en no permitir que Hechos 10 sea usado como atajo para sostener que la sinceridad religiosa basta por sí sola. Cornelio era piadoso, temeroso de Dios, generoso y perseverante en la oración. Humanamente hablando, parecía estar más cerca del reino que muchos otros. Sin embargo, el punto de Lucas no es que Cornelio ya era salvo y que Pedro vino solo a completar información religiosa. Todo lo contrario. La frase clave es la que el mismo texto destaca: Pedro le hablaría “palabras por las cuales serás salvo”. Piper insiste en que Cornelio no representa a la persona salva sin evangelio, sino a la persona que Dios, en su misericordia, prepara providencialmente para llevarla hasta el evangelio. 

Eso corrige un error muy común. La sinceridad no es la base de la salvación. La buena conducta no sustituye a Cristo. La búsqueda religiosa no regenera al pecador. Lo que sucede con Cornelio es más hermoso y más exigente que eso: Dios oye su oración, acepta su búsqueda a tientas y, precisamente por eso, le envía lo que realmente necesita. No lo deja donde está. No le dice que su devoción ya basta. Le manda a un mensajero con el nombre que salva. Y por eso, después, la iglesia en Jerusalén concluye que Dios ha dado también a los gentiles arrepentimiento para vida. No llegaron a esa conclusión por la moralidad previa de Cornelio, sino porque oyó el evangelio, creyó y recibió el Espíritu Santo.

Si hay que oír para creer, el mensajero no es negociable

Aquí es donde el argumento del libro recupera toda su urgencia misionera. Pablo lo plantea con una secuencia que la iglesia conoce bien, pero que quizá ya no siempre siente con la misma fuerza: no se puede invocar a aquel en quien no se ha creído; no se puede creer en aquel de quien no se ha oído; y no se puede oír sin quien predique. Piper toma esa lógica de Romanos 10 y la enlaza con las palabras de Jesús acerca de sus ovejas: ellas oyen su voz, sí, pero la oyen a través de la palabra de sus mensajeros. Incluso las “otras ovejas” de Juan 10 escucharían la voz del Pastor por medio del testimonio apostólico. 

Ese punto es demasiado importante para dejarlo pasar rápido. Porque significa que la misión no es un accesorio del cristianismo ni una tarea opcional para creyentes especialmente entusiastas. Si la fe viene por oír a Cristo, y si Cristo ha determinado hablar por medio del anuncio del evangelio, entonces el mensajero no es negociable. Dios salva, sí, pero ha querido salvar a través de la proclamación de Su Hijo. Y eso les devuelve dignidad a las misiones y, al mismo tiempo, nos quita cualquier refugio cómodo para el silencio.

Lo que se pierde cuando Cristo deja de ser el centro consciente de la fe

Quizá una de las cosas más penetrantes del libro es que Piper no presenta la exclusividad de Cristo como una pieza áspera de la doctrina que simplemente hay que tolerar por fidelidad. La presenta como parte de la gloria misma del evangelio. Dice, en esencia, que desde la venida de Cristo la voluntad de Dios es glorificar a Su Hijo haciéndolo el centro consciente de la fe salvadora. Por eso insiste en que no basta con hablar de una salvación posible gracias a Jesús si ese Jesús nunca llega a ser conocido, anunciado y creído. El punto no es solo que Cristo salva, sino que Dios quiso que su Hijo fuera honrado como el objeto consciente de la fe. 

Eso cambia bastante la manera de pensar este tema. Porque ya no estamos discutiendo solamente una línea doctrinal, sino el lugar que el Padre ha determinado darle al Hijo en la economía de la salvación. Cuando Cristo deja de ser el objeto consciente de la fe, no solo se altera la misión; también se reduce la gloria que Dios quiso darle. Y por eso Hechos 4:12 sigue sonando con esa contundencia imposible de suavizar: no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos. La exclusividad de Cristo no es una rudeza evangélica que deba ser disculpada. Es una verdad que protege la gloria del Hijo y la urgencia del evangelio.

Reflexión final

Leer a Piper en este tema no me dejó con la sensación de haber encontrado una idea nueva, sino con la impresión más incómoda de haberme topado otra vez con una verdad vieja que la iglesia contemporánea preferiría administrar con menos filo.

No porque haya dejado de creerla del todo.
Sino porque muchas veces ya no quiere cargar con el precio de decirla.

Y ese precio no es pequeño. Significa sonar extraños en una cultura que convirtió la inclusión en dogma moral. Significa correr el riesgo de parecer rígidos, anticuados o poco sensibles. Significa aceptar que el evangelio no puede anunciarse fielmente sin rozar los ídolos del tiempo presente. Pero también significa recordar que la tarea de la iglesia nunca fue volver a Cristo aceptable para el mundo, sino anunciarlo con fidelidad para que los suyos oigan Su voz y vivan.

Al final, el problema no es que el mundo encuentre ofensiva la exclusividad de Cristo. Eso era de esperarse. El problema serio aparece cuando la iglesia empieza a encontrarla demasiado costosa para sostenerla con claridad. Ahí ya no estamos ante una dificultad cultural. Estamos ante una crisis de convicción.

Y quizá por eso este libro sigue siendo tan oportuno. Porque nos obliga a preguntarnos si todavía creemos, con toda la seriedad que merece, que en ningún otro hay salvación. Y si la respuesta es sí, entonces anunciar a Cristo no puede seguir siendo para nosotros una pieza secundaria del ministerio, ni una verdad que solo repetimos mientras no nos traiga problemas. Tiene que volver a ser lo que fue para la iglesia apostólica: una convicción que ordena la misión, define el amor y nos da el valor de hablar, aunque el mundo no quiera escuchar.

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Cuando el evangelismo deja de descansar en nosotros: una reseña de El evangelismo y la soberanía de Dios, de J. I. Packer

J. I. Packer muestra que la soberanía de Dios no enfría el evangelismo, sino que lo sostiene. Una reseña y reflexión sobre misión, oración, fidelidad y dependencia de Dios.

Hay discusiones que se vuelven eternas en la vida de la iglesia. Una de ellas es esta: si Dios es soberano en la salvación, ¿qué sentido tiene evangelizar? Y la otra cara de la moneda no es menos común: si debemos evangelizar con urgencia, ¿no termina eso empujándonos a pensar que todo depende de nosotros?

J. I. Packer entra en esa tensión sin rodeos. Y eso es precisamente lo que hace tan valioso este libro. El evangelismo y la soberanía de Dios no fue escrito como un manual de estrategias, ni como una receta de técnicas, ni como una defensa de modas evangelísticas. Desde el principio, Packer deja claro que su propósito es otro: pensar bíblica y teológicamente la relación entre la soberanía de Dios, la responsabilidad del hombre y el deber evangelístico del cristiano.

Eso ya coloca el libro en un lugar distinto. No estamos ante un texto que intenta impresionarnos con novedades, sino ante uno que quiere corregir la forma en que pensamos y, al mismo tiempo, la forma en que servimos. Porque, en el fondo, Packer no solo está lidiando con una discusión doctrinal. También está confrontando dos errores muy comunes: la pereza disfrazada de teología y la ansiedad disfrazada de celo.

Cuando la Biblia no nos deja escoger una sola verdad

Una de las partes más fuertes del libro aparece cuando Packer habla de la antinomia. La palabra puede sonar técnica, pero el punto es claro. Hay verdades que la Escritura afirma con total autoridad, aunque nuestra mente no sepa acomodarlas del todo. Dios es soberano. El hombre es responsable. La Biblia enseña ambas cosas. Y el problema comienza cuando nosotros queremos eliminar una para que la otra nos resulte más fácil de entender.

Packer no cae en ese juego. No intenta rebajar una verdad para salvar la otra. Más bien insiste en que ambas deben creerse juntas, porque ambas vienen con la misma autoridad bíblica. Dios reina. El hombre responde. Dios gobierna. El hombre es responsable. Y aunque nuestra mente finita tropiece con esa tensión, la Escritura no nos da permiso para poner una verdad contra la otra.

Y ahí el libro me pareció especialmente honesto. Porque muchas veces no nos incomoda el misterio por amor a la claridad, sino por orgullo. Queremos un Dios que encaje por completo dentro de nuestro sistema. Queremos una teología donde todo cierre sin dejarnos ninguna incomodidad. Pero hay momentos en que la fidelidad bíblica exige algo más humilde: aceptar lo que Dios ha dicho, aunque no podamos reducirlo a una fórmula cómoda.

Lo que nuestras rodillas ya saben

Donde el libro deja de ser solo una reflexión doctrinal y se vuelve una palabra profundamente pastoral es en su tratamiento de la oración. Aquí Packer toca un punto tan sencillo como contundente: muchos discuten contra la soberanía de Dios con la boca, pero la reconocen cuando se arrodillan.

Cuando un creyente ora por la conversión de un hijo, de un amigo, de una esposa o de una persona endurecida, lo que está admitiendo es que solo Dios puede abrir los ojos, inclinar el corazón y traer al pecador a Cristo. Y cuando agradece por su propia salvación, ninguno da gracias como si Dios hubiera puesto una parte y el resto hubiera sido mérito personal.

Ese punto me pareció especialmente certero porque le baja el volumen a la polémica y le devuelve peso a la piedad. En otras palabras: la verdadera doctrina no solo organiza ideas; también humilla al hombre delante de Dios. Y eso, en tiempos donde a veces se discute la teología como si fuera una competencia, es un recordatorio muy necesario.

Evangelizar no es fabricar conversiones

Otro de los grandes aportes del libro está en la forma en que Packer define el evangelismo. Y aquí, sinceramente, hay una corrección que sigue siendo urgente. Packer rechaza la idea de definir el evangelismo por sus resultados visibles. No niega que deseemos fruto. No niega que anhelemos conversiones. No niega que el evangelista quiera ver personas venir a Cristo. Lo que niega es que el éxito del evangelismo deba medirse por cifras, respuestas inmediatas o estadísticas.

Esa diferencia cambia muchísimo. Cambia la presión. Cambia el tono. Cambian los métodos. Y cambia también la manera de evaluar el ministerio. Porque cuando el evangelismo se define por resultados, la tentación inevitable es manipular. Si lo importante es producir decisiones, entonces poco a poco el mensaje empieza a doblarse para volverse más atractivo, más rápido, más vendible. Pero cuando el centro vuelve a ser la fidelidad, el evangelista recuerda que no es dueño del mensaje, sino mensajero.

Packer, en el fondo, nos devuelve a una verdad muy sana: no somos llamados a convertir personas por la fuerza de nuestra elocuencia, sino a anunciar fielmente a Cristo. Y eso libera. Libera del orgullo, pero también de la desesperación.

La soberanía de Dios no enfría la misión; la sostiene

Tal vez una de las cosas más valiosas de esta lectura es que devuelve al creyente a un lugar más sano. Si todo dependiera de nosotros, el evangelismo sería insoportable. Cada conversación cargaría un peso imposible. Cada rechazo se sentiría como una derrota definitiva. Cada silencio nos haría pensar que fallamos por no haber tenido la frase correcta.

Pero si Dios es realmente soberano, entonces el evangelismo deja de ser un ejercicio de ansiedad y vuelve a ser un acto de obediencia, amor y confianza. Y eso no nos vuelve pasivos. Packer es muy claro en esto: la soberanía de Dios no es excusa para la pereza espiritual ni refugio para la cobardía. Dios salva, sí, pero ha querido hacerlo mediante la proclamación del evangelio.

Aquí está, me parece, una de las mayores fortalezas del libro: no permite que nos escondamos en ninguno de los dos extremos. No permite ni el activismo desesperado ni la inercia religiosa. Nos obliga a caminar por una senda más bíblica y más humilde: predicar con claridad, orar con dependencia, perseverar con paciencia y dejar los resultados en las manos de Dios.

Un libro que limpia el corazón del evangelista

A estas alturas, uno entiende que el aporte de este libro no es ofrecer una novedad. Es algo mejor. Es devolvernos a una cordura espiritual que con facilidad perdemos. Packer nos recuerda que el evangelismo no necesita menos doctrina, sino doctrina bien entendida. No necesita menos urgencia, sino una urgencia limpiada del orgullo humano. No necesita menos esfuerzo, sino un esfuerzo sostenido por la convicción de que Dios sigue salvando pecadores.

Y esa limpieza hace mucho bien. Porque pone al evangelista en su lugar correcto. No como salvador, sino como siervo. No como productor de resultados, sino como testigo fiel. No como estratega obsesionado con el control, sino como hombre que anuncia a Cristo y depende del Espíritu Santo.

Reflexión final

Leer El evangelismo y la soberanía de Dios no me dejó con la sensación de haber encontrado una técnica mejor. Me dejó con algo más útil: me recordó que yo no soy el salvador de nadie.

Y eso, lejos de enfriar la misión, la limpia.

La limpia del orgullo de pensar que todo depende de mi capacidad, del miedo de creer que cada conversación descansa sobre mis hombros, del pragmatismo que convierte el evangelio en una herramienta de presión. Y la limpia también de esa falsa humildad que usa la soberanía de Dios como excusa para no hablar.

Packer me hizo recordar algo que nunca deberíamos perder de vista: el evangelio se proclama con seriedad porque Dios manda hacerlo, y se proclama con esperanza porque Dios sigue salvando.

Por eso, al final, el evangelismo no descansa en nuestra elocuencia, ni en nuestros métodos, ni en nuestra habilidad para producir una respuesta. Descansa en el Dios que abre ojos, despierta corazones y honra la proclamación fiel de Su Hijo.

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Escándalo, de D.A. Carson: una lectura que nos devuelve al centro del evangelio

Una reseña pastoral de Escándalo, de D.A. Carson, escrita en el contexto de la Semana Mayor, que nos recuerda por qué la cruz y la resurrección siguen siendo el centro del evangelio.

Vivimos en días donde se habla mucho de cristianismo, pero no siempre se habla de lo que está en el centro. Se habla de experiencias, de estrategias, de emociones, de liderazgo y de cultura, pero no siempre se vuelve con suficiente claridad y reverencia a la cruz y a la resurrección de Jesucristo.

Desde hace ya un buen tiempo tenía guardada esta reseña, y me parece que hoy, en medio de la Semana Mayor, es un momento muy oportuno para compartirla. Tal vez, al leer estas líneas, también te animes a acercarte a Escándalo, de D.A. Carson, un libro que nos devuelve al corazón del evangelio y nos recuerda que todo se sostiene finalmente en la cruz de Cristo y en la gloria de su resurrección.

Carson escribe con profundidad, pero también con una claridad que incomoda y al mismo tiempo afirma. A lo largo de sus páginas, uno percibe que no está simplemente exponiendo cinco textos bíblicos aislados, sino mostrándonos cómo toda la Escritura converge en ese fin de semana en Jerusalén donde el Hijo de Dios fue crucificado y luego resucitó de entre los muertos.

Y en tiempos como los nuestros, donde incluso dentro de algunos espacios evangélicos se corre el riesgo de mover el centro hacia la experiencia, la estrategia o la autoayuda religiosa, un libro como este hace bien al alma.

Un libro que vuelve a poner la cruz donde debe estar

Una de las virtudes más notables de Escándalo es que no trata la cruz como un símbolo decorativo del cristianismo, sino como el lugar donde la santidad de Dios, la culpa del hombre, la justicia divina y la gracia redentora se encuentran de manera definitiva. Carson no le teme al peso doctrinal del evangelio. Al contrario, lo abraza.

Eso se nota desde el principio. Cuando expone las ironías de la crucifixión, deja claro que la cruz no fue una derrota imprevista, ni un momento trágico que luego Dios tuvo que reinterpretar. En la burla de los soldados, en la debilidad aparente del Crucificado, en el grito de abandono y en la incapacidad de Jesús para “salvarse a sí mismo”, Carson muestra que justamente allí estaba ocurriendo la victoria más grande de la historia.

Y eso es algo que este libro recuerda con fuerza: el evangelio no gira alrededor de un Cristo admirable únicamente por sus enseñanzas, sino alrededor de un Cristo que murió en sustitución de pecadores y resucitó con poder. Si se pierde eso, se pierde el cristianismo.

La cruz sigue siendo un escándalo

El título del libro no es casual. La cruz fue escandalosa en el primer siglo y sigue siéndolo hoy, aunque por razones distintas. En tiempos de Jesús, resultaba ofensivo pensar en un Mesías crucificado. En nuestros días, lo ofensivo es que la cruz nos recuerde que el ser humano no necesita solo inspiración, sino redención; no necesita solo ejemplo, sino expiación; no necesita solo ánimo, sino reconciliación con Dios.

Carson tiene la capacidad de llevar al lector a ese punto incómodo donde ya no puede hablar de la cruz de forma liviana. La cruz confronta nuestro orgullo porque nos dice que nuestro problema era más profundo de lo que queríamos admitir. Si Cristo tuvo que morir, entonces el pecado no era un tropiezo menor. Si el Hijo de Dios tuvo que beber la copa del juicio, entonces la condición humana no se resuelve con esfuerzo moral ni con discursos de superación personal.

Por eso este libro hace bien. Porque nos saca de una fe sentimental y nos devuelve al terreno firme del evangelio bíblico.

Romanos 3 y el peso real de la salvación

Uno de los momentos más importantes del libro es la exposición de Romanos 3:21–26. Allí Carson entra en una de las zonas doctrinales más decisivas de toda la fe cristiana: cómo puede Dios seguir siendo justo y, al mismo tiempo, justificar al pecador.

Aquí el libro no se conforma con frases bonitas. Va al centro. Nos recuerda que el problema no era únicamente nuestra culpa subjetiva o nuestra sensación de vacío, sino la realidad objetiva de que habíamos pecado contra un Dios santo. Y precisamente por eso la cruz no puede reducirse a una mera muestra de amor desinteresado en términos generales. La cruz es también satisfacción de la justicia divina. Es allí donde el juicio que merecíamos cae sobre Cristo, y donde la misericordia de Dios se abre paso sin comprometer su santidad.

Carson insiste en una distinción teológica que hoy muchas veces se evita: no basta hablar de expiación si se omite la propiciación. No basta decir que el pecado fue quitado si no entendemos también que la ira justa de Dios fue satisfecha en la obra del Hijo. Y aunque para algunos esto pueda sonar demasiado fuerte, en realidad es una de las razones por las cuales el evangelio es tan glorioso. Dios no nos salva pasando por alto su justicia. Nos salva honrando plenamente su justicia en la cruz de Cristo.

Ese punto le da una profundidad enorme al libro. Y, honestamente, también le devuelve densidad al evangelio en una época donde muchos quieren predicar sus beneficios sin explicar su costo.

La resurrección no es un apéndice, sino la confirmación del triunfo

Otra fortaleza del libro es que no separa la cruz de la resurrección. Carson entiende que ambas realidades pertenecen al mismo anuncio glorioso. Cristo no solo murió; Cristo resucitó. Y eso cambia todo.

En la exposición de Juan 11, por ejemplo, la resurrección de Lázaro no aparece solamente como un milagro conmovedor, sino como una manifestación anticipada del señorío de Cristo sobre la muerte. Jesús no se presenta allí como un maestro que consuela desde lejos, sino como el Señor de la vida que entra en el terreno de nuestra mayor enemiga y la desafía con autoridad soberana.

Y en Juan 20, el caso de Tomás termina siendo mucho más que una historia sobre dudas personales. Carson lo convierte en una ventana al poder de la resurrección para transformar al escéptico herido en un adorador rendido. La confesión “Señor mío y Dios mío” no es un detalle devocional bonito. Es la respuesta adecuada ante el Cristo resucitado.

Eso también hace muy valiosa esta lectura: no presenta la resurrección como una nota alegre al final del drama, sino como la declaración pública de que el Crucificado verdaderamente venció. La tumba vacía no suaviza el escándalo de la cruz; lo confirma como victoria.

Un libro doctrinalmente robusto y pastoralmente útil

Algo que aprecio de Carson es que su profundidad teológica no lo vuelve frío. Escándalo tiene doctrina, y mucha. Pero no es doctrina desconectada del alma. A medida que uno avanza en la lectura, entiende que aquí no se está jugando con conceptos abstractos, sino con las realidades más decisivas de la fe cristiana: culpa, perdón, muerte, juicio, esperanza, victoria, adoración.

Por eso considero que este libro no solo sirve para estudiantes de teología o pastores. También puede hacer mucho bien a creyentes serios que quieran entender mejor por qué la cruz y la resurrección ocupan el lugar que ocupan en la revelación bíblica. No es una lectura ligera, pero sí es una lectura provechosa. Exige atención, pero recompensa al lector.

Y quizá ahí está una de sus mayores contribuciones: nos ayuda a volver al centro sin trivializarlo. Nos recuerda que el evangelio no es simple porque sea superficial, sino porque su claridad descansa sobre una profundidad que nunca terminaremos de agotar.

Reflexión final

Leer Escándalo, de D.A. Carson, me recordó algo que jamás deberíamos olvidar: la fe cristiana vive o cae con la cruz y la resurrección de Jesucristo. No estamos hablando de dos doctrinas más dentro del sistema cristiano. Estamos hablando del centro. Del punto donde Dios juzga el pecado, despliega su amor, derrota al acusador, vence la muerte y abre el camino para que pecadores sean reconciliados con Él.

Este libro hace exactamente eso: nos devuelve al centro del evangelio.

Y tal vez esa sea una de las necesidades más urgentes de la iglesia hoy. No más distracciones. No más cosas secundarias. No más cristianismo diluido. Necesitamos volver una y otra vez al escándalo glorioso de la cruz y a la victoria irreversible de la tumba vacía. Porque solo allí el pecador entiende quién es, solo allí la gracia brilla con toda su fuerza, y solo allí Cristo recibe la gloria que le pertenece.

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