No era pérdida de tiempo

A mediados de 2017 llegué a Utah para dedicarme a la plantación de iglesias. Venía con carga, visión, deseos de servir y muchas ideas en el corazón. Entre esas ideas, empecé a crear una página web para la iglesia. No era por vanidad, ni por querer verme moderno, ni por entretenerme con cosas secundarias. Era simplemente parte de lo que yo ya llevaba dentro: comunicar, edificar, crear, poner herramientas al servicio de la obra.

Pero no pasó mucho tiempo antes de que apareciera alguien diciéndome: “¿Para qué?”

Le mostré lo que estaba haciendo, y la reacción fue prácticamente la misma: que eso era una pérdida de tiempo.

No solo eso. Como parte del ministerio que ya hacía desde Nueva York, además de trabajar con los jóvenes, yo también venía haciendo videos desde mucho antes de que YouTube explotara y se volviera la plataforma que hoy conocemos. Era algo que me apasionaba. Me gustaba comunicar, pensar, producir, transmitir ideas, usar herramientas que en mis manos podían ser útiles para el Reino. Y otra vez apareció la misma pregunta disfrazada de consejo: “¿Para qué?”

Como si eso no fuera suficiente, a los pocos meses de estar viviendo y sirviendo en Utah, alguien también me dijo que dejara de usar tanto mis redes sociales.

Y para algunos quizá eso suene pequeño. Quizá alguien piense que no tiene importancia. Pero para mí sí la tuvo. Porque desde que vine a Cristo, siempre he hecho publicaciones cristianas: reflexiones, pensamientos, frases, textos compartidos de otros autores y también escritos propios. Era parte natural de mi vida. No era una moda. No era un personaje. Era una extensión de lo que Dios ya venía haciendo en mí.

Pero llegó un punto en el que comencé a creer que lo que siempre había hecho y lo que siempre me había apasionado hacer, estaba mal.

Y me apagué.

Así, poco a poco.

No de golpe, pero sí de manera real.

Fui dejando de publicar como antes. Dejé de compartir diariamente los pensamientos que por años habían fluido con naturalidad. Fui silenciando una parte de mí que también estaba al servicio de Dios. Y llegó un momento en que casi dejé de publicar por completo. A veces quería volver a hacerlo, pero sentía que algo había cambiado por dentro. Como si la inspiración se hubiera ido. Como si me hubieran desconectado una parte del alma.

Todavía conservo en draft el diseño de dos páginas que creé en Utah. Ahí siguen, como testigos mudos de una etapa en la que había ideas, visión y deseo, pero en la que también hubo voces que pesaron más de lo que debían pesar.

Sin embargo, la gracia de Dios tiene una manera extraña, hermosa y poderosa de devolverle vida a lo que uno pensó que ya había perdido.

Ahora en Nueva York he vuelto a ser ese creyente que disfruta profundamente de la Palabra. He vuelto a encontrar libertad para servirle a Dios con todos los talentos que Él me ha dado. Libertad real. Libertad sin culpa. Libertad sin estar caminando con temor de si todo lo que hago será malinterpretado por alguien. Libertad para escribir, para enseñar, para crear, para pensar, para publicar, para desarrollar proyectos que durante años quedaron atascados.

Y en medio de esa restauración, Dios me permitió publicar mis primeros dos libros el año pasado.

Eso no fue poca cosa.

Porque esos libros no solo representan trabajo terminado. Representan procesos retomados. Representan voz recuperada. Representan convicciones que no murieron, aunque por un tiempo quedaron enterradas bajo el peso de opiniones ajenas.

Y después de estar desarrollando mi página ministerial durante dos años, poniéndola a prueba desde el año pasado, hoy ya la he habilitado.

Y para algunos eso será solo una página web.

Para mí no.

Para mí tiene un significado mucho más profundo.

Porque no se trata solamente de que una web ya está activa. Se trata de que algo que una vez fue cuestionado, frenado y minimizado, hoy está de pie. Se trata de que Dios no desechó lo que puso en mí solo porque otros no lo entendieron. Se trata de que lo que algunos llamaron pérdida de tiempo, en realidad era semilla.

Semilla.

Eso era.

No estaba muerto. No estaba equivocado. No era carnal por sí mismo. No era una distracción necesariamente. Era una semilla esperando su tiempo, esperando el terreno correcto y esperando la libertad correcta para volver a brotar.

A veces uno piensa que el problema es que dejó de tener ideas. Y no. A veces el problema es que se cansó de que le echaran agua fría a todo lo que llevaba en el corazón. A veces no es que uno perdió el llamado a crear. Es que uno comenzó a sentirse culpable por hacerlo. Y cuando la culpa entra, muchas veces la creatividad se encierra.

Por eso esta etapa tiene tanto valor para mí.

Porque hoy no estoy retomando cosas desde el ego, ni desde la necesidad de demostrarle algo a nadie. Las estoy retomando desde la gratitud. Desde la paz. Desde la convicción de que Dios también puede usar una página web, un artículo, un video, una reflexión, una publicación o un libro para alcanzar personas, edificar vidas y abrir puertas que uno ni siquiera imaginaba.

No todo lo que nace en el corazón de un creyente comprometido con la Palabra tiene que verse igual. No todos sirven de la misma forma. No todos comunican desde el mismo lugar. No todos usan las mismas herramientas. Pero eso no significa que lo diferente sea incorrecto.

Hay cosas que otros no entenderán hasta que las vean florecer.

Y a veces, aunque nunca las entiendan, igual Dios las bendice.

Hoy puedo mirar hacia atrás y reconocer que hubo una etapa en la que me apagué. Sí. Pero también puedo decir que Dios no dejó que me quedara apagado.

Volví.

Y no solo volví a publicar.

Volví a disfrutarlo.

Volví a sentir libertad.

Volví a abrazar con paz dones que por un tiempo sentí que debía esconder.

Y eso, sinceramente, también es gracia.

Reflexión final

Cuando Dios decide soplar otra vez sobre una vida, hasta lo que parecía archivado vuelve a respirar. Lo que hoy he habilitado no es solo una página ministerial. Es una señal de que hay cosas que Dios mismo preserva, aunque por un tiempo hayan quedado en silencio. No era pérdida de tiempo. Era una semilla adelantada a su tiempo.

Anterior
Anterior

Escándalo, de D.A. Carson: una lectura que nos devuelve al centro del evangelio

Siguiente
Siguiente

¿Por qué a los malos les va tan bien? 5 verdades que me dejó la lectura de Cuando las cosas buenas le suceden a gente mala