Vida cristiana, Reflexiones pastorales Ovidio Pineda Vida cristiana, Reflexiones pastorales Ovidio Pineda

¿Y si sí? Una reflexión cristiana en medio del mes del Mundial

Durante el mes del Mundial, una frase comenzó a resonar con fuerza: “¿Y si sí?” Una pregunta sencilla, pero cargada de ilusión, esperanza y anhelo. En esta reflexión cristiana, miramos el fútbol, la emoción mundialista, la libertad cristiana y el corazón humano a la luz de una esperanza mayor: Cristo.

Durante este mes mundialista, una frase comenzó a tomar fuerza en México: “¿Y si sí?”

Tres palabras sencillas. Una pregunta breve. Pero cargada de ilusión.

No es una frase complicada, pero tiene peso. Tiene emoción. Tiene historia. Tiene ese tono de quien no quiere ilusionarse demasiado, pero tampoco puede evitarlo. Es la frase de quien ha visto muchas decepciones, muchas eliminaciones, muchas promesas rotas, muchos “casi”, muchos “faltó poco”, muchos “otra vez será”; pero aun así, en algún rincón del corazón, todavía se atreve a pensar:

¿Y si esta vez sí?

¿Y si esta vez la historia cambia?

¿Y si esta vez se rompe la mala racha?

¿Y si esta vez el sueño no termina tan pronto?

¿Y si sí?

Una frase que despertó ilusión

Esa frase, aunque nace en un ambiente futbolero, toca algo mucho más profundo que el deporte. Porque el fútbol, especialmente en un Mundial, no solo mueve un balón. Mueve recuerdos, pasiones, heridas, esperanzas, conversaciones y emociones colectivas.

Durante un Mundial, los países no solo ven partidos; sueñan juntos.

Las familias se reúnen. Los amigos discuten alineaciones. Los niños se ponen camisetas. Los adultos vuelven a sentirse jóvenes. Los inmigrantes recuerdan su tierra. Las banderas aparecen. Los himnos se cantan con más fuerza.

Y entonces, como diría Luis Omar Tapia, comienzan esos “90 minutos del deporte más hermoso del mundo”, en los que millones de personas sienten que pertenecen a algo más grande que ellos mismos.

Por eso la frase “¿Y si sí?” conecta tanto. Porque todos, de alguna manera, llevamos esa pregunta dentro.

No solo en el fútbol.

También en la vida.

¿Y si sí llega esa oportunidad?

¿Y si sí cambia esta temporada?

¿Y si sí Dios abre una puerta?

¿Y si sí la historia no termina como yo pensaba?

¿Y si sí hay esperanza después de tanto cansancio?

El Mundial y el corazón que necesita esperanza

El Mundial nos recuerda algo que muchas veces olvidamos: el ser humano fue creado para esperar. No podemos vivir sin esperanza. Necesitamos creer que algo puede cambiar, que algo puede levantarse, que algo puede ser restaurado, que una historia triste no necesariamente tiene que tener un final triste.

Pero aquí es donde el creyente necesita mirar más profundo. Porque no toda esperanza tiene el mismo peso. No toda ilusión puede sostener el alma. No toda emoción puede cargar con nuestras necesidades más profundas.

Un marcador puede alegrar una tarde, pero no puede salvar el corazón.

Un gol puede levantar a un país, pero no puede reconciliar al pecador con Dios.

Una copa puede llenar una plaza o un estadio, pero no puede llenar el vacío eterno del alma.

Y aun así, el fútbol puede ser disfrutado. El Mundial puede ser celebrado. La emoción puede ser sana. La alegría puede ser legítima.

El problema no es emocionarse con un partido.

El problema es cuando esa emoción empieza a ocupar un lugar que solo Dios merece.

¿Es pecado ver los partidos del Mundial?

En este punto, muchos creyentes se hacen una pregunta sincera: ¿es pecado ver los partidos del Mundial?

La respuesta, bíblicamente hablando, debe ser cuidadosa. Ver un partido de fútbol no es pecado en sí mismo. Disfrutar un deporte no es pecado en sí mismo. Celebrar un gol no es pecado en sí mismo. Ponerse una camiseta, reunirse con amigos, seguir a una selección o emocionarse con un Mundial no es necesariamente pecado.

Dios no nos llama a vivir como si todo disfrute fuera sospechoso. La vida cristiana no es una vida gris, seca, amargada, incapaz de recibir con gratitud los regalos comunes de la providencia de Dios.

El problema no está en disfrutar algo creado, sino en desordenar el corazón frente a eso creado.

El fútbol puede ser un buen regalo. Pero jamás debe convertirse en un dios.

Ahí está la diferencia.

Cuando el Mundial nos lleva a compartir, descansar, conversar, celebrar con gratitud y disfrutar sanamente, puede ser recibido como una expresión legítima de alegría humana.

Pero cuando el Mundial empieza a gobernar nuestro ánimo, desplazar nuestras responsabilidades, enfriar nuestra comunión con Dios, afectar nuestro testimonio, descuidar nuestra familia, alterar nuestro carácter o tomar el primer lugar en nuestro corazón, entonces ya no estamos simplemente disfrutando un deporte.

Estamos coqueteando con la idolatría.

Entre la idolatría y el legalismo

La idolatría no siempre se ve como una estatua. A veces se ve como una pasión desordenada.

A veces se ve como algo bueno convertido en algo supremo.

A veces se ve como una camiseta que pesa más que la obediencia.

A veces se ve como un resultado que controla completamente nuestro gozo.

A veces se ve como una pantalla que nos roba el tiempo, la paz, la responsabilidad y la devoción.

Por eso, la pregunta no es solamente: “¿Puedo ver el Mundial?”

La pregunta más honesta sería: “¿Qué lugar está ocupando el Mundial en mi corazón?”

Porque el problema no es ver un partido. El problema es si por ver el partido descuido mi hogar, mi trabajo, mi servicio, mi iglesia, mi tiempo con Dios, mi integridad o mis responsabilidades. El problema no es disfrutar el fútbol. El problema es si el fútbol empieza a discipular mis emociones más que Cristo.

Pero también hay otro peligro: el legalismo.

Así como es peligroso convertir el fútbol en un ídolo, también es peligroso convertir nuestra opinión personal en una ley espiritual para los demás.

No debemos llamar pecado a lo que Dios no ha llamado pecado. No debemos medir la espiritualidad de una persona por si ve o no ve un partido. No debemos confundir santidad con prohibiciones humanas. No debemos actuar como si disfrutar un deporte fuera automáticamente mundanalidad.

El cristiano debe huir tanto de la idolatría como del legalismo.

La idolatría toma algo bueno y lo convierte en absoluto.

El legalismo toma una convicción personal y la convierte en mandamiento universal.

La idolatría dice: “No puedo vivir sin esto.”

El legalismo dice: “Nadie debería disfrutar esto.”

Pero la madurez cristiana aprende a caminar en otro camino: libertad con dominio propio, disfrute con gratitud, convicción con humildad, pasión con orden, alegría sin esclavitud.

Libertad con dominio propio

El apóstol Pablo dijo: “Todas las cosas me son lícitas, mas no todas convienen” (1 Corintios 6:12).

Esa frase nos ayuda mucho. No todo lo permitido edifica. No todo lo legítimo conviene en toda circunstancia. No todo lo que puedo hacer debo hacerlo sin discernimiento.

La libertad cristiana no es permiso para vivir sin sabiduría; es la capacidad de disfrutar lo creado sin ser dominado por ello.

También dice la Escritura: “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31).

Eso incluye incluso nuestras formas de descansar, celebrar y disfrutar. La gloria de Dios no solo se manifiesta en lo que evitamos, sino también en cómo disfrutamos lo que Él permite.

Entonces, ¿puede un cristiano ver el Mundial?

Sí, puede.

Pero debe verlo como cristiano.

Con gratitud, no con idolatría.

Con alegría, no con esclavitud.

Con libertad, no con culpa innecesaria.

Con dominio propio, no con desorden.

Con discernimiento, no con legalismo.

¿Y si sí podemos disfrutar sin idolatrar?

Tal vez ahí la frase “¿Y si sí?” adquiere una nueva dimensión.

¿Y si sí podemos disfrutar el Mundial sin idolatrarlo?

¿Y si sí podemos emocionarnos sin perder el dominio propio?

¿Y si sí podemos celebrar un gol sin olvidar la cruz?

¿Y si sí podemos reunirnos con amigos y al mismo tiempo dar buen testimonio?

¿Y si sí podemos vivir nuestra libertad cristiana sin usarla como excusa para descuidar lo más importante?

¿Y si sí podemos hablar de fútbol y, en medio de esas conversaciones, apuntar a algo más grande que el fútbol?

Porque el Mundial también puede ser una oportunidad. Una oportunidad para convivir. Para abrir conversaciones. Para compartir con vecinos. Para reunir familias. Para escuchar historias. Para conectar con personas. Para recordar que detrás de cada camiseta hay un corazón que necesita esperanza.

Y esa esperanza no se encuentra finalmente en una selección.

Se encuentra en Cristo.

Un “sí” más firme que un marcador

El “¿Y si sí?” del fútbol tiene belleza, pero también tiene límites. Porque depende de un resultado incierto. Depende de piernas humanas, estrategias, lesiones, árbitros, penales, errores, goles anulados, suerte aparente y noventa minutos de tensión.

Es una esperanza emocionante, pero frágil.

La esperanza cristiana es distinta.

El creyente no vive de un “¿y si sí?” incierto, sino de un “sí” definitivo en Cristo.

Sí, Cristo venció.

Sí, Cristo resucitó.

Sí, Cristo reina.

Sí, Cristo sostiene a los suyos.

Sí, Cristo volverá.

Sí, hay una gloria mayor que cualquier copa.

Sí, hay una victoria que no depende de penales.

Sí, hay un Reino que no será eliminado.

Sí, hay una corona que no se marchita.

El Mundial pasará. La emoción bajará. Los estadios se vaciarán. Las camisetas volverán al armario. Algunos celebrarán. Otros llorarán. Un campeón levantará la copa. Muchos volverán a casa con el corazón roto. Y después de unas semanas, la vida seguirá.

Pero Cristo permanecerá.

Su trono no depende de un marcador.

Su gloria no se apaga con el silbatazo final.

Su victoria no está en disputa.

Su pueblo no será eliminado.

Disfrutar sin entregar el corazón

Por eso, disfrutemos el Mundial, pero no le entreguemos el corazón. Celebremos, pero no adoremos. Gritemos un gol si queremos, pero no olvidemos cantar con más gozo las misericordias de Dios.

Pongámonos la camiseta de nuestra selección, pero recordemos que nuestra identidad más profunda no está en una bandera terrenal, sino en Cristo.

El fútbol puede unirnos por noventa minutos.

Cristo nos reconcilia para la eternidad.

El fútbol puede regalarnos una alegría momentánea.

Cristo nos da un gozo que permanece.

El fútbol puede hacernos preguntar: “¿Y si sí?”

Pero el evangelio nos responde con una esperanza más firme: en Cristo, el sí de Dios ya fue pronunciado.

Así que sí, disfrutemos este mes mundialista. Hagámoslo con alegría, con dominio propio, con gratitud y con el corazón en orden.

No caigamos en idolatría.

No caigamos en legalismo.

Caminemos con libertad cristiana, pero con una libertad gobernada por el amor a Dios.

Reflexión final

Al final, la gran pregunta no es solo si nuestra selección podrá ganar.

La gran pregunta es si nuestro corazón está descansando en la esperanza correcta.

Y cuando esa esperanza es Cristo, entonces podemos mirar aun las alegrías temporales de esta vida con gratitud, sin pedirles que hagan lo que solo el Salvador puede hacer.

Quizá este mes muchos digan frente a una pantalla: “¿Y si sí?”

Pero el creyente mira más allá del marcador y recuerda algo mejor:

Sí, Cristo es suficiente.

Sí, su gracia sostiene.

Sí, su Reino permanece.

Sí, su victoria es eterna.

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