Hay un Dios que juzga la tierra

Una reflexión sobre el Salmo 58

Imagina por un momento que una persona ha sufrido una injusticia. Tiene en sus manos las pruebas de los actos cometidos en su contra y, convencida de que la verdad debe salir a la luz, decide presentarlas ante un juez.

Ha esperado ese momento con la esperanza de que finalmente se haga justicia. Llega al tribunal, presenta las pruebas y explica lo sucedido. Sin embargo, mientras expone su caso, comienza a darse cuenta de algo terrible: el juez no tiene ninguna intención de hacer justicia. La decisión parece haber sido tomada de antemano y favorece precisamente a la persona que le hizo daño.

Ahora imagina lo que significa salir de aquel tribunal sabiendo que las pruebas estaban allí, que la verdad fue presentada y que, aun así, la justicia fue negada.

Pero hay algo todavía más grave: quien tenía la responsabilidad de impedir aquella injusticia terminó convirtiéndose en parte de ella.

¿Qué sucede cuando aquellos a quienes se les ha confiado la responsabilidad de administrar justicia son precisamente quienes la pervierten? ¿A dónde puede acudir una persona cuando las autoridades que deberían protegerla terminan favoreciendo a quienes la perjudicaron?

Esta es precisamente la realidad que David denuncia en el Salmo 58. El salmista confronta a hombres que tienen autoridad para juzgar, pero que han utilizado esa autoridad para practicar la injusticia. Hombres que deberían escuchar la verdad, pero que han decidido cerrar sus oídos.

Sin embargo, el salmo no termina con la corrupción de aquellos gobernantes. David conduce nuestra atención hacia una verdad que ningún tribunal humano puede cambiar: por encima de quienes administran justicia en la tierra, existe un Dios que juzga la tierra.

Esta afirmación ofrece esperanza a quienes han sufrido injustamente, pero también constituye una advertencia para todos nosotros. Porque el Dios que juzga la maldad de los poderosos es el mismo que conoce las intenciones de nuestro corazón.

Cuando la autoridad abandona la justicia

El salmo comienza con una confrontación directa:

«Gobernantes, ¿saben acaso el significado de la palabra justicia? ¿Juzgan a la gente con imparcialidad?» (Salmo 58:1, NTV).

David cuestiona a quienes tienen la responsabilidad de juzgar rectamente. El problema no es que carezcan de autoridad, sino que han traicionado el propósito para el cual deberían ejercerla. Sus cargos les permiten tomar decisiones que afectan a otros, pero ninguna posición humana convierte automáticamente esas decisiones en justas.

Una resolución puede tener respaldo legal y ser moralmente injusta. Una persona puede ocupar legítimamente un cargo y utilizarlo para defender intereses personales. La autoridad puede conseguir obediencia, pero no puede obligar a Dios a aprobar lo que es contrario a su justicia.

El segundo versículo revela que la corrupción de estos hombres comienza mucho antes de sus acciones públicas. David afirma que traman injusticia en el corazón y extienden violencia sobre la tierra. La relación es significativa: aquello que preparan interiormente termina convirtiéndose en sufrimiento para otras personas.

El pecado muchas veces comienza donde nadie puede observarlo. Antes de mentir, alguien ha decidido qué parte de la verdad le conviene ocultar. Antes de actuar injustamente, ha encontrado una razón para justificar su conducta. Antes de perjudicar a otro, ha considerado que su propio beneficio merece ese sacrificio.

Aunque el salmo denuncia directamente a gobernantes y magistrados, sus implicaciones alcanzan otros ámbitos de nuestra responsabilidad. Un padre, un empleador, un maestro o un pastor también pueden utilizar su posición para evitar una corrección, protegerse a sí mismos o perjudicar a quienes dependen de sus decisiones.

Por eso debemos resistir la tentación de leer este salmo pensando exclusivamente en las faltas de otras personas. La pregunta no consiste solamente en reconocer quiénes han abusado de su autoridad, sino en examinar qué hacemos nosotros con la responsabilidad que Dios nos ha permitido tener.

Ninguna autoridad humana nos coloca por encima de la verdad ni nos exime de responder delante de Dios.

Un corazón que se niega a escuchar

En los versículos 3 al 5, David profundiza su denuncia. La injusticia que observa no es simplemente el resultado de una administración deficiente. Tiene sus raíces en la corrupción del corazón humano.

El salmista describe a los impíos como descarriados desde el nacimiento y caracterizados por la mentira. Su lenguaje poético señala la profundidad del pecado. Estos hombres no comenzaron a ser pecadores cuando recibieron autoridad; el poder les proporcionó mayores oportunidades para manifestar la maldad que ya habitaba en ellos.

Esta enseñanza confronta una idea que resulta muy cómoda: pensar que la corrupción pertenece exclusivamente a determinadas personas o instituciones. La Escritura nos obliga a reconocer que el problema del pecado también nos alcanza.

Tal vez nunca hemos ocupado un tribunal, pero conocemos la tentación de acomodar los hechos a nuestra conveniencia. Sabemos lo fácil que resulta recordar las faltas de otros mientras buscamos explicaciones para justificar las nuestras. Podemos condenar una mentira y, al mismo tiempo, defender otra porque reconocerla nos costaría demasiado.

La mentira tiene consecuencias especialmente dolorosas cuando se utiliza para sostener una injusticia. Quien ya sufrió un daño puede verse obligado a soportar también una versión falsa de lo ocurrido. La persona responsable conserva su imagen mientras quien fue perjudicado tiene que luchar para que la verdad sea reconocida.

Pero David identifica otra característica de estos hombres: su resistencia a escuchar.

Los compara con serpientes venenosas que cierran sus oídos, incapaces de atender incluso al encantador más hábil. La imagen describe una obstinación deliberada. No necesariamente les falta información; se resisten a recibirla.

Esta actitud merece nuestra atención. Hay una diferencia entre no comprender una corrección y negarse a considerarla. Podemos escuchar las palabras de alguien y, sin embargo, rechazarlas porque amenazan la imagen que tenemos de nosotros mismos.

Una señal preocupante aparece cuando toda persona que nos confronta termina convertida en enemiga. Si nuestra primera reacción consiste siempre en desacreditar a quien señala una falta, posiblemente estamos protegiendo aquello de lo que necesitamos arrepentirnos.

La humildad no exige aceptar toda acusación como verdadera. Nos exige estar dispuestos a examinarla, reconocer lo que corresponda y permitir que la verdad corrija nuestra conducta.

No siempre necesitamos otra explicación. En ocasiones, necesitamos abandonar la resistencia que nos impide obedecer lo que ya hemos comprendido.

Cuando la justicia humana falla

Después de denunciar la corrupción de los gobernantes y describir su obstinación, el salmo experimenta un cambio decisivo.

David deja de dirigirse a los hombres y comienza a clamar a Dios.

«¡Quiébrales los colmillos, oh Dios! ¡Destrózales las mandíbulas a estos leones, oh SEÑOR!» (Salmo 58:6, NTV).

Estas palabras pueden resultar difíciles de escuchar. El salmista utiliza imágenes violentas y pide una intervención severa contra los malvados. Sin embargo, para comprender su oración debemos recordar qué clase de hombres ha descrito: autoridades que utilizan su poder para perjudicar, que administran violencia y que se niegan a escuchar a quienes sufren sus decisiones.

Los dientes representan la capacidad destructora de esos hombres. David pide que Dios quebrante aquello con lo que hacen daño.

Estamos ante una oración imprecatoria, una súplica en la que el salmista pide el juicio divino contra quienes practican la maldad. Su intensidad corresponde a la gravedad de la injusticia denunciada.

Esto no significa que el creyente tenga permiso para buscar venganza personal o utilizar el salmo contra cualquier persona con la que mantenga un conflicto. Precisamente porque reconoce que Dios es el Juez, David dirige su clamor a él.

Esa distinción es fundamental.

Podemos reconocer que una injusticia ocurrió, buscar los medios legítimos para detenerla y pedir a Dios que juzgue rectamente. Al mismo tiempo, debemos someter nuestras propias motivaciones a su examen. Nuestro deseo de justicia puede mezclarse con resentimiento, orgullo o satisfacción ante el sufrimiento ajeno.

Entregar nuestra causa a Dios también significa reconocer que él conoce los hechos con una claridad que nosotros no tenemos.

Las imágenes de los versículos siguientes expresan el deseo de que el poder del malvado desaparezca, que sus armas resulten inútiles y que su capacidad de oprimir llegue a su fin. David contempla la posibilidad de que aquello que parece firme e imposible de remover sea deshecho por la intervención del Señor.

Aquí encontramos una verdad que fácilmente olvidamos cuando sufrimos bajo el poder de otros: ninguna autoridad humana es absoluta ni permanente.

El poderoso sigue siendo una criatura. Su influencia tiene límites. Su capacidad para perjudicar no lo coloca fuera del gobierno de Dios.

Sin embargo, el salmo tampoco nos autoriza a establecer un calendario para la intervención divina. La justicia puede tardar más de lo que esperamos. Algunas personas mueren sin haber visto corregidas las injusticias que sufrieron.

La demora no demuestra que Dios haya abandonado su justicia, así como la aparente prosperidad del impío no demuestra que el Señor apruebe su conducta.

Esta verdad consuela a quien espera justicia, pero también advierte a quien continúa practicando el mal. El hecho de que una mentira permanezca oculta no la convierte en verdad. Que nadie haya logrado detener una conducta injusta no significa que Dios la haya pasado por alto.

La paciencia divina jamás debería utilizarse como argumento para posponer el arrepentimiento.

La justicia de Dios tendrá la última palabra

Los dos últimos versículos presentan la respuesta que sostiene toda la esperanza del salmista.

David anuncia que el justo se alegrará al contemplar la intervención de Dios. El lenguaje del versículo 10 es particularmente severo y describe la derrota del impío mediante una imagen de sangre. Su propósito es mostrar el triunfo de la justicia divina sobre quienes habían ejercido violencia.

El gozo del justo no debe confundirse con el placer de contemplar una desgracia ajena. En el desarrollo del salmo, esa alegría surge porque Dios ha puesto fin a la opresión y ha hecho justicia.

Para quien ha sufrido bajo el poder de otro, el fin de esa violencia representa liberación. La derrota del opresor significa que su capacidad de continuar perjudicando ha terminado.

Finalmente, el salmo concluye con una declaración pública:

«Es verdad que hay recompensa para los que viven para Dios; es cierto que existe un Dios que juzga con justicia aquí en la tierra» (Salmo 58:11, NTV).

El contraste con su comienzo es extraordinario.

En el primer versículo se cuestiona la justicia de quienes gobiernan. En el último se reconoce la justicia de Dios.

Los hombres que tenían autoridad para juzgar a otros descubren que ellos mismos están bajo una autoridad superior.

Los jueces también serán juzgados.

Y existe otro detalle significativo. En el versículo 2, los impíos extienden su violencia sobre la tierra. En el versículo 11, David afirma que Dios juzga la tierra. El lugar donde ocurre la injusticia permanece bajo el gobierno del Señor.

La fidelidad del justo, por tanto, no es inútil.

Puede resultar costoso decir la verdad. Podemos perder oportunidades por negarnos a actuar injustamente. En ocasiones, quienes recurren al engaño parecen obtener ventajas que aquellos que procuran vivir rectamente no reciben.

El Salmo 58 nos recuerda que los resultados inmediatos no constituyen la medida definitiva de nuestra obediencia.

Dios conoce la fidelidad de los suyos. Su justicia no depende de que los hombres reconozcan sus obras ni de que las circunstancias presentes les sean favorables.

No necesitamos adoptar los métodos del injusto para asegurar nuestro porvenir.

Cristo, la justicia y nuestra necesidad de misericordia

Hasta aquí podríamos sentirnos cómodos identificándonos con quienes han sufrido injusticias. Pero existe una pregunta que no podemos evitar: ¿qué ocurriría si Dios examinara nuestra propia vida con la misma justicia perfecta que deseamos ver aplicada a los demás?

¿Podríamos afirmar que nunca hemos mentido para protegernos? ¿Que jamás hemos sido parciales? ¿Que nunca hemos utilizado nuestras palabras para perjudicar o hemos cerrado los oídos ante una corrección legítima?

El Salmo 58 denuncia la maldad de los poderosos, pero también nos recuerda la profundidad del pecado humano. Y esa realidad nos conduce a Cristo.

Nuestro Señor conoció la injusticia ejercida desde posiciones de autoridad. Compareció ante gobernantes y dirigentes religiosos. Pilato y Caifás participaron en los acontecimientos que condujeron a su condenación y muerte. Aquel que nunca cometió pecado fue tratado como culpable.

La cruz expone la gravedad de la injusticia humana, pero también revela la misericordia de Dios hacia los pecadores.

Jesucristo sufrió injustamente y entregó su vida para salvar a quienes, por nuestros propios pecados, necesitamos reconciliarnos con Dios. Su muerte y resurrección constituyen el fundamento de nuestra esperanza.

Por eso el llamado cristiano no consiste únicamente en exigir que otros respondan por sus pecados. También debemos reconocer los nuestros y acudir a Cristo en arrepentimiento y fe.

La gracia de Dios no nos autoriza a conservar la mentira ni a continuar perjudicando a otros. Quien reconoce su pecado debe estar dispuesto a abandonarlo, confesarlo y procurar corregir el daño causado cuando sea posible.

Y quien ha sufrido injustamente puede acercarse al Señor sin fingir que lo ocurrido fue insignificante. La fe no exige negar el sufrimiento. Podemos presentar nuestra causa delante de Dios, pedir justicia y descansar en su sabiduría aun cuando no comprendamos el tiempo de su intervención.

Reflexión final

Al principio de este artículo imaginamos a una persona que acudía ante un juez buscando justicia. Tenía pruebas, conocía la verdad y esperaba que las autoridades actuaran correctamente. Sin embargo, descubrió que incluso aquellos a quienes se les había confiado la responsabilidad de hacer justicia podían utilizar su autoridad para favorecer la injusticia.

Quizá nunca has estado frente a un juez en esas circunstancias, pero posiblemente conoces el dolor de haber sido tratado injustamente. Tal vez alguien mintió acerca de ti, utilizó su posición para perjudicarte o se negó a escuchar cuando intentaste explicar lo ocurrido.

El Salmo 58 nos recuerda que ninguna de esas situaciones escapa del conocimiento de Dios. Los hombres pueden desconocer los hechos, ignorar las pruebas o incluso distorsionar deliberadamente la verdad. Pero Dios conoce lo que ocurrió, las intenciones que motivaron cada acción y las consecuencias que otros tuvieron que soportar.

Sin embargo, antes de encontrar consuelo en el juicio de Dios sobre la maldad ajena, debemos permitir que su Palabra examine nuestra propia conciencia. Porque resulta fácil exigir justicia cuando hemos sido perjudicados, pero mucho más difícil reconocerla cuando somos nosotros quienes debemos responder por el daño causado.

¿Has sido justo en tus decisiones? ¿Has utilizado alguna vez la mentira para protegerte? ¿Has cerrado tus oídos ante alguien que intentaba mostrarte una falta? ¿Existe alguna persona a quien debas pedir perdón o algún daño que todavía puedas corregir?

Estas preguntas merecen una respuesta sincera delante del Señor.

Si has practicado la injusticia, no confundas la paciencia de Dios con su aprobación. Arrepiéntete y acude a Jesucristo, en quien encontramos perdón y reconciliación con Dios. Su gracia nos llama también a abandonar aquello que hemos hecho mal.

Y si has sufrido una injusticia, recuerda que tu esperanza no depende de que todos los hombres reconozcan la verdad. Puedes buscar justicia por los medios legítimos, presentar tu causa delante del Señor y confiar en él aun cuando las respuestas que esperas no lleguen en esta vida.

Al final, el Salmo 58 nos coloca a todos delante de una misma realidad: nadie está por encima de la justicia divina y todos necesitamos su misericordia.

«Es cierto que existe un Dios que juzga con justicia aquí en la tierra» (Salmo 58:11, NTV).

Que esta verdad nos lleve a vivir con integridad, a tratar justamente a los demás, a reconocer nuestros pecados y a descansar en la justicia perfecta de Dios.

Porque aunque la justicia humana puede fallar, hay un Dios que juzga la tierra.

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